Mazinger Z

Se lo dijeron durante su visita al Salón del Cómic de Barcelona y Go Nagai no se lo podía creer. Y si se hubiera desplazado unos kilómetros hasta el pueblo de Cabra del Camp, tras serpentear por un camino de tierra, el legendario artista de manga podría haberlo comprobado con sus propios ojos: una reproducción de diez metros de altura de una de sus más famosas creaciones: Mazinger Z. Una estatua que se mantiene como testimonio del impacto que tuvo este anime en España, a pesar de su efímero paso por las pantallas televisivas. Apenas seis meses que acabaron abruptamente cuando TVE dejó de emitirla harta de las quejas recibidas. Y es que aunque no existían las redes sociales, los ofendiditos de la época no pararon hasta que se atendieron sus deseos de censura y Mazinger Z fue fulminado de la programación.

Cuatro millones de niños estaban enganchados cada sábado a las aventuras del robot pilotado por Koji Kabuto completamente ajenos a lo que se les venía encima. Por eso aquel 16 de septiembre de 1978 fue uno de los más traumáticos de su infancia. A las 3 de la tarde, en vez de la habitual imagen de la piscina del Instituto de Investigaciones Fotónicas, apareció un chaval escuchimizado vestido con pieles de leopardo. Sin avisar, sorprendiendo incluso a las guías de televisión que no habían anunciado el cambio, Mazinger Z fue sustituido por un Tarzán de Hacendado que, desde la misma canción de cabecera, era peor que el peluquero del Doctor Infierno. Aquel «Orzowei, na, na, na, na, na, na, na, na, na» clamaba por un fuego de pecho que redujera a cenizas al niño, a la canción y a toda la selva.

Mazinger Z tenía los días contados

Lo que muchos niños no sabían es que, de todas maneras, la serie tenía sus días contados porque Televisión Española no había contratado más que una treintena de los 92 capítulos disponibles y quedaban pocos por emitir. Pero ni siquiera se llegaron a ver todos a pesar de estar anunciados y haber sido doblados. En cualquier caso, a Orzowei le corresponderá para siempre el dudoso honor de ser la serie que acabó a traición con Mazinger Z.

Y es que Mazinger Z se había convertido en uno de los éxitos indiscutibles del año, pero también era fuente de controversia. Y Miguel Martín, el nuevo director de TVE nombrado quince días antes, no se complicó la vida. Tras acceder al Ente Público entre acusaciones de manipulación y censura, en una España en ebullición a dos meses del referéndum de la Constitución, Mazinger Z era sin duda el menor de sus problemas. Ni toda la superaleación z del mundo podía proteger al robot de un burócrata español con ganas de quitarse el muerto de encima.

La estatua gigante de Mazinger Z en Cabra del Camp (Tarragona), símbolo de la pasión que provocó la serie en España y lugar de culto actual para miles de fans en todo el mundo.

Críticas a izquierda y derecha

Lo más curioso es que la censura sobre Mazinger Z vino de ofendidos de todo pelaje ideológico. Izquierda y derecha se pusieron de acuerdo en considerar la serie, literalmente, un peligro para la juventud y por diferentes motivos presionaban para que fuera retirada de la programación. Hasta entonces se había visto poco anime en España y lo más conocido eran las entrañablemente ñoñas Heidi y Marco, y no era lo mismo ver a una niña correteando por los prados con las cabritillas que a unos robots gigantes causando el caos y la destrucción. A los niños la novedad les encantó. Los adultos colapsaron y pensaron que esos dibujos animados japoneses iban a crear una generación de alienados y psicópatas. La verdad es que viendo algunos políticos del Congreso, razón no les faltaba.

Para El País, anticipándose casi en 40 años a su parodia actual Lo País, Mazinger Z era un producto lleno de violencia de evidentes «tintes neofascistas», que TVE promocionaba porque tenía oscuros «intereses comerciales» sacando beneficio de los productos con la imagen del robot, aprovechando eso que también descubrimos con aquella serie: el merchandising.

El Doctor Infierno es Marx

Un artículo de la época, escrito por Fernando González en la revista Tribuna, iba aún más lejos: no solo identificaba la animación japonesa con «un sutil neofascismo justificador de la violencia tecnológica» sino que además veía propaganda imperialista yanqui por toda la serie, empezando por el Doctor Infierno, que «recuerda sospechosamente a Carlos Marx» y terminando en los brutos mecánicos, «uno de cuyos brazos estaba rematado en una hoz y el otro en un martillo». La hoz y el martillo «enviados por Carlos Marx desde los infiernos», deducía poéticamente el tal González.

Y ya venidos arriba, también veía en la serie una alusión a la guerra de bloques y una «alegoría clara al enfrentamiento entre la OTAN y el Pacto de Varsovia». No contento con esto, el autor llegaba al orgasmo revolucionario asegurando que el pecho de Mazinger era «el símbolo del águila. Un águila esquematizada, el águila del escudo norteamericano que se enfrenta con una caricatura tenebrosa del viejo Marx». Un genio Fernando González. A su lado Antonio Maestre parece Larra.

La otra trinchera también tenía fichado al pobre Mazinger Z. ABC publicaba un reportaje en el que alertaba de que la serie glorificara la violencia y de que se hablara de un «Doctor Infierno» confundiendo a sus jóvenes espectadores porque «la Iglesia ya no habla de infierno». Pero el mayor peligro recaía, cómo no, en los pechos de Afrodita A que hacía que los niños se fijaran en la anatomía femenina y, sobre todo, en el Barón Ashler, mitad hombre y mitad mujer, una figura sexualmente ambigua que podía «desfigurar el rol sexual del niño, puesto que a esa edad se le debe enseñar roles funcionales y no sexuales, que no hacen sino confundirle conceptos que aún no tiene claros».

De extremo a extremo: para los comunistas el Doctor Infierno era la versión malvada de Marx, mientras que para los ultracatólicos aludía a una versión confusa y anticuada del infierno cristiano.

Penetración ideológica y juguetes destructivos

Así, durante aquellos meses, mientras los niños disfrutaban como enanos viendo a Mazinger Z despanzurrar brutos mecánicos, unos adultos se indignaban día sí día también porque fomentaba la violencia, era un lavado de cerebro imperialista o transmitía peligrosos mensajes sexuales. TVE no se complicó la vida y decidió cargarse la serie antes de tiempo aquel fatídico sábado de septiembre.

Los cuatro capítulos que quedaron por emitir se pudieron ver casi de estrangis entre el 1 y el 5 de enero de 1979, lo cual volvió a irritar a aquellos autoproclamados salvadores de la infancia. El futuro Lo País remató la faena con otro artículo que decía que «la programación intensiva de Mazinger Z en vísperas de la llegada de los Reyes Magos (…) ha constituido una forma de penetración ideológica a favor del consumo de juguetes violentos y dulcemente destructivos».

Afrodita A abriendo fuego con sus pechos, un clásico que traía por el camino de la amargura a las asociaciones católicas en 1978. Los millennials de 2020 seguro que tampoco lo verían con buenos ojos.

Los «millennials» descubren Mazinger Z y, claro, se ofenden

Tras su eliminación en la cadena pública hubo que esperar a los años 90 para que la serie pudiera verse, esta vez completa, en Telecinco. Y en 2020, cuando la creación de Go Nagai cumplía 48 años, Netflix la recuperó para México y Latinoamérica. Que los millennials, la generación ofendida por excelencia, descubrieran Mazinger Z no podía traer nada bueno y, efectivamente, pronto se llenaron las redes sociales de críticas por machista, carca y misógina. «Me pregunto —escribía uno de estos indignados tuiteros— que harán todos los que celebraron la llegada de MazingerZ a Netflix cuando descubran las escenas de misoginia, racismo, clasismo, explotación sexual y violencia contra la pobre de Sayaka». Los tiempos cambian pero subnormales, quiero decir, seres superiores morales hay en todas las épocas.

El círculo ha quedado, pues, cerrado: los que se indignaron en 1978 y los que se indignan en 2020, uniendo generaciones de ofendidos. ¿No es maravilloso? Y mientras tanto, Mazinger Z, impasible a la censura, sigue luchando contra el mal ayudado por Afrodita A, y Sayaka continúa diciendo la frase que nunca pronunció, «¡Pechos fuera!», aunque todos la recordemos en un curioso ejemplo de efecto Mandela. Y es que tiran más dos tetas que dos carretas. Sobre todo si disparan misiles.

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11 comentarios

  1. Un estupendo artículo que nos devuelve a la infancia y a la inocencia. Una confesión: yo no lo recuerdo pero mi madre dice que era oír la canción de Orzowei y salir corriendo hacia la tele.😂😂 Eso sí, ahora mismo no recuerdo nada de esa serie pero Mazinger sigue en mi memoria.

    1. ¿Que salía corriendo hacia la tele en cuanto oía la canción de Orzowei? ¡Pero bueno! xD Gracias por volver al blog en este revival nostálgico 😉

  2. Pues yo lo eché de menos durante muchos años, ni siquiera sabía que la habían cancelado, era bastante pequeño. Siempre me llamó la atención que repusieran otras series de la época y nunca ésta. Cuando vi algún capítulo de mayor ya fue una decepción.

    1. Eso suele pasar. Muchas veces conviene quedarse con el recuerdo nostálgico antes que confrontarlo con la realidad adulta. Gracias por su visita al blog 🙂

  3. Interesantisimo articulo para un súper fan de Mazinger. Desconocía yo toda esa amalgama de quejas que rodeaban la serie en su momento. Yo solo se que me sentaba todos los sábados frente al televisor, y durante media hora era el tío más feliz del mundo. Todo eso se cortó de raíz, cuando de repente apareció un salvaje en taparrabos. Jamás se lo perdonaré a TVE

  4. Yo recuerdo que en navidades dieron varios episodios de mazinger,y ynos dibujos de dinosaurios y otro que se llamaba once pares de botas juveniles

  5. Yo tenía 9 años.
    Absolutamente alucinado con la serie.
    Lo dibujaba con los ojos cerrados…
    No, no sabía que había una epidemia de gilipollez….y por eso la retiraron….Bueno.
    Las epidemias padan. Los gilipollas quedan
    M

    1. Me temo que siempre ha sido así, Jose.Pero Mazinger Z aún pervive y nadie se acuerda de los que lo querían censurar, eso nos consuela. Un saludo.

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