Un mundo feliz

Desde su aparición en 1932, la novela de Aldous Huxley –Un mundo feliz– ha sido ampliamente comentada, debatida, cuestionada o admirada. Sin embargo, no es mi intención hacer un símil entre la sociedad de la novela -ficción distópica, al fin y al cabo- y la sociedad real del siglo XXI, pero sí usar el concepto de felicidad que con tanta maestría dominara Huxley.

Felicidad que se consigue, únicamente, mediante la renuncia de todo aquello que obligue al esfuerzo de pensar por uno mismo, así como a la integración voluntaria en un sistema social tendente a la uniformidad: el pensamiento único, lo políticamente correcto, la defensa apasionada de las acciones del líder -sean cuales sean-, el consumismo, etc., lo que empuja a la infelicidad a todos aquellos incapaces de adaptarse a este sistema porque aún creen que se puede ser libre de obra y pensamiento, y que va dejando un reguero de perdedores e inadaptados por el camino. El sistema de censura de las grandes multinacionales que hemos visto recientemente sobre Parler o Trump, por citar los más notorios, es un preciso ejemplo de que el sistema no admite divergencias.

Es Huxley el que explica el gran triunfo del pensamiento único: “Un Estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el que los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna, porque éstos amarían su servidumbre”.

Amarán la felicidad que le proporciona el Gobierno, aunque les mientan continuamente; amarán su servidumbre porque se creerán libres, aunque sigan punto por punto las consignas de la moda woke y, además, se verán a sí mismos diferentes, originales… Ese es el gran triunfo de la ingeniería social que los anglosajones han exportado y las demás democracias –siempre a rebufo- han aceptado sumisamente hasta traernos aquí.

Una novela de anticipación

No mucho tiempo después del atentado contra las Torres Gemelas, aún debatiéndose los violentos vaivenes que zarandeaban el recién nacido siglo XXI, el Parlamento británico aprobaba la clonación de células humanas, a lo que siguió el anuncio de científicos surcoreanos que aseguraban haber clonado embriones humanos. De inmediato, la obra de Huxley salió de nuevo a la palestra, como novela de anticipación. El Daily Mail encargó a Leo Mackinstry un largo reportaje sobre Un mundo feliz y los ‘aciertos’ y ‘errores’ de Huxley como visionario. Lamentablemente, el periodista cree que Huxley predecía un control policial de los Estados sobre la población y pone de feliz ejemplo contra el autor la caída del Telón de Acero -a la manera de Fukuyama, que creía llegado el fin de la Historia tras la Guerra Fría- sin contar con que el pensamiento huxleyano sobrevivió al derrumbe de la URSS y, antes, del fascismo y del nacionalsocialismo, porque en la novela no se usaba la fuerza bruta, sino el condicinamiento en la convicción de que fuera del sistema sólo había barbarie -fachas, dicen hoy- por lo que ahora, curiosamente, es donde cobra mayor significado pese a la democracia, teóricamente liberal, de los Estados occidentales.

Como William Whyte explicara en The Organization Man, el sistema ético tradicional humanista que destacaba los valores propios del individuo, que era al fin y al cabo el importante, está siendo reemplazado por una nueva ética social, donde destacan nuevas palabras y conceptos tan difusos como “adaptación”, “conducta socialmente orientada”, “pertenencia”, “adquisición de aptitudes sociales”, “trabajo de equipo”, “vida de grupo”, “lealtad de grupo”,”dinámica de grupo”, “ideología de grupo”, “creatividad de grupo”. Se parte de la base que pertenecer a algo con los demás, hacer lo que los demás, ser como los demás es lo que debe primar sobre la libertad individual de cada uno, aunque los nuevos tiempos demandan términos como ‘apropiación cultural’, ‘alienadas’, ‘aliados’, ‘empoderamiento’, ‘patriarcado’, etc. que aunque persiguen el mismo fin -nosotros contra ellos- lo hacen parecer un movimiento molón que va configurando el pensamiento débil posmoderno.

La sociedad tecnológica: ¿liberación o esclavitud?

Hace más de medio siglo que Whyte escribiera esa obra y, aunque básicamente se intuye el horror de los totalitarismos de izquierdas y derechas a lo largo del texto, no deja de ser paradójico que se puedan usar hoy aquellas ideas que clamaban por los derechos elementales del hombre en tiempos de abducción mediática, de uniformidad políticamente correcta, de pensamiento único.

El propio Huxley, en El fin y los medios, nos habla, en una metáfora sublime, de lo que vendría después: “La producción mecánica no puede abolirse; está definitivamente establecida. La cuestión estriba en saber si está establecida para que sea un instrumento de esclavitud o un medio de liberación”.

Si el echarnos ciegamente en brazos de la ciencia nos hace la vida más fácil o, por el contrario, somos prisioneros de esa misma sociedad tecnológica -siendo tildados de negacionistas y por tanto expulsados del edén democrático- que nos incapacita para retomar nuestra propia esencia humana dentro de la naturaleza, debiendo acabar con nuestros valores ancestrales para satisfacer esa misma sociedad tecnológica.

La ciencia al servicio de la política

Y que quede claro que no es la Ciencia, en términos absolutos, de lo que hablamos, sino de la imposición de un modelo de pensamiento que pretende que sea la ciencia la que claudique ante los postulados políticos, como los miles de géneros sexuales que cuestionan la biología o el omnipresente cambio climático, cuyo propio nombre ha ido evolucionando conforme no se cumplía ninguna predicción catastrofista que hacían los científicos. Como decía Max Weber, “se enfrentan entre sí partidos totalmente desprovistos de convicciones, puras organizaciones de cazadores de cargos, cuyos mutables programas son redactados para cada elección sin tener en cuenta otra cosa que la posibilidad de conquistar votos”. Y no tienen escrúpulos a la hora de usar o doblegar lo que se les ponga por delante, incluida la hasta ahora sacrosanta ciencia.

Ante una sociedad forzada a ser feliz y embelesada por los cantos de sirena que multiplican incesantemente los medios de comunicación y las RRSS, donde los mensajes parecen funcionar tal las lecciones hipnopédicas que reciben los recién nacidos de Huxley – “La ciega y acelerada repetición de palabras –apuntaban Adorno y Horkheimer en La dialéctica de la Ilustración– el triunfo del ser humano pudiera ser renegar de esa felicidad.

De ahí que frente al espíritu servil o de “servidumbre voluntaria”, como lo plasmó Etienne de la Boëtie en su célebre opúsculo, siempre queda la valiente posibilidad de no dejarse arrastrar por el lodo de lo políticamente correcto e intentar aprovechar el aire de libertad que se cuela por los intersicios del nuevo Telón de Acero occidental.

En nuestra mano queda estar… o ser.

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