Histeria climática

En un mundo en el que millones de personas reclaman indignadas la ecosostenibilidad desde sus cómodas y contaminantes vidas capitalistas, renegando al mismo tiempo del capitalismo, el debate sobre el cambio climático ya no existe. De hecho, se ha pasado directamente al siguiente nivel del juego: el apocalipsis climático, sobre el que tampoco se permite debate alguno a riesgo de ser tachado de “negacionista”. Esa palabra de moda que emparenta —con mucha intención— la crítica de los temas sensibles del progresismo con el Holocausto.

Cómo hemos llegado hasta aquí tiene su miga, y no demasiado limpia en algo que se supone tan verde y ecológico. Y ha coincidido con la generación más hipersensible de la historia, que se emociona con una chica sueca que pone caras raras y siempre está cabreada. La tormenta climática perfecta para que muchos se desesperen pensando en un futuro a lo Blade Runner o Cuando el destino nos alcance. Tal vez harían bien en recordar que Blade Runner se ambientaba en 2019. Y para el 2022 de la segunda película es cierto que faltan seis meses, pero parece que aún estamos lejos de mojar galletitas de Soylent Green en el colacao.

1. El enfriamiento global vino primero

El tema del cambio climático no es nuevo. Ya en los años setenta se habló mucho de cataclismos relacionados con el clima aunque, en vez del calentamiento global de ahora, la Tierra parecía encaminada a una nueva glaciación. Los medios se hacían eco de las funestas previsiones de una serie de expertos que veían el futuro del planeta más helado que Messi despidiéndose de Laporta.

A lo largo de la década, las principales cabeceras periodísticas del momento como The New York Times, The Washington Post, Newsweek, Time, National Geographic o la BBC le dedicaron dramáticos artículos y reportajes a esta inminente era glacial con la que, ni que decir tiene, acabarían haciéndose los locos. Pronto sustituirían ese entusiasmo por el frío por otro igual de intenso por el calor.

2. Margaret Thatcher: con ella empezó todo

Todo cambió en los ochenta gracias a Margaret Thatcher. Pionera para muchos de la conciencia política por el medio ambiente y enemiga de los combustibles fósiles, lo cierto es que le vino muy bien para doblegar al poderoso sindicato de mineros, que le había declarado una durísima huelga en 1984 y que ya había tumbado al gobierno años antes. Más lista que el hambre, Thatcher animó los estudios más pesimistas sobre las emisiones de CO2 mientras cerraba minas de carbón y promovía la energía nuclear. Los mineros ingleses no volvieron a levantar cabeza, convirtiéndose así en las primeras víctimas del cambio climático.

La Dama de Hierro hizo suyas las ideas de un grupo de científicos que en los setenta habían anticipado el apocalipsis climático por el lado contrario al enfriamiento global, favorito en los medios. Según estos expertos, el uso masivo de combustibles fósiles provocarían el incremento del dióxido de carbono en la atmósfera, aumentando el efecto invernadero y subiendo la temperatura del planeta. Entre las ideas que Thatcher deslizó en varios discursos estaba que habría financiación para aquellos científicos que contribuyeran a demostrar estas tesis. En algunas cabezas sonaron cajas registradoras. Perdón, queremos decir que se despertó la preocupación por el futuro del planeta.

El thatcherismo verde impulsó los estudios sobre el cambio climático. Spoiler: al ver que la izquierda lo convirtió en una bandera ideológica contra el capitalismo, la Dama de Hierro acabó renegando.

No es casualidad que el mismo año de los discursos de la primera ministra del Reino Unido, 1988, la ONU creara el famoso Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), que se encargaría de divulgar unos aterradores informes, seis hasta ahora, a cual más deprimente. El último de ellos, que ya se está dando a conocer, resalta lo que llevan años machacando: que el cambio climático es culpa directa de la actividad humana (antropogénico) y que requiere acciones urgentes para evitar consecuencias devastadoras. Pero antes de llegar a este punto, alguien tuvo que sacar el calentamiento global de la ONU y darlo a conocer en todo el mundo. Y esa misión le correspondió a un ex vicepresidente de Estados Unidos.

3. La verdad incómoda de Al Gore

A Al Gore le mangaron las elecciones del 2000 y, como ha sucedido con Trump, no hubo mucho interés en que se supiera la verdad. Tras su fracaso se volcó en el sector privado. Fue la mejor decisión de su vida. En 2013, su patrimonio había aumentado 200 millones de dólares. Algo ha tenido que ver la creación de una sociedad que invertía en empresas responsables con el medio ambiente, los beneficios de dos fondos de inversión con el mismo objetivo y los discursos que ha dado por medio mundo pregonando el apocalipsis climático y por los que cobraba, hace diez años, 175.000 dólares por charla.

Con una huella de carbono más grande que la de todos los lectores de este blog juntos —entre mansiones de 900 metros cuadrados y viajes de avión lo raro sería lo contrario—, su cotización como adalid ecológico subió como la espuma gracias a Una verdad incómoda (2006), un documental que realizó a partir de una presentación de Power Point y por el que ganó dos Oscar y un premio Nobel de la Paz, ex aequo con ese IPCC que transmitía el mismo mensaje catastrofista.

Nunca nadie se alegró tanto de perder unas elecciones: Al Gore, multimillonario, premio Nobel de la Paz, Oscar de Hollywood y un ego infladísimo gracias al discurso del cambio climático.

4. Las críticas (conspiranoicas) al apocalipsis (científico)

Una verdad incómoda popularizó a escala planetaria el cambio climático. El documental ofrecía una versión sesgada del calentamiento global, la misma que defendía la ONU, y daba por hecho que existía consenso en la comunidad científica. Gore anunció previsiones que no se han cumplido: que no habría nieve en el Kilimanjaro, que aumentarían los huracanes, que desaparecerían los osos polares —que se ve que no han visto el documental y siguen ahí llevando la contraria—, y que subiría el nivel del mar al derretirse progresivamente los casquetes polares. Además, para justificar que la temperatura de la Tierra se estaba disparando presentó como una verdad absoluta el llamado esquema del palo de hockey, objeto de gran controversia, incluso por su propio creador, al que salpicó de lleno el caso Climagate, un oscuro asunto de mails hackeados que dejaba en evidencia a algunos de los principales expertos climáticos que asesoraban al IPCC.

Entre aplausos y reconocimientos, Una verdad incómoda recibió también críticas que ahora serían tildadas de “negacionismo”. Un juez señaló hasta nueve errores importantes a raíz de una denuncia contra su emisión en colegios del Reino Unido. Y dos documentales posteriores, La gran farsa del calentamiento global (2007) y Una verdad inconsistente (2012) han rebatido muchos de sus argumentos. Oficialmente, las críticas se consideran “teoría de la conspiración”, y ya se encarga de confirmarlo la propia Wikipedia, no sea que algún despistado se lo tome en serio.

Una de las voces que se opusieron a Gore, las vueltas que da la vida, fue la de Margaret Thatcher —definió el documental como una “hipérbole apocalíptica”— que en sus últimos años había dado un giro de 180 grados a su discurso medioambiental, quién sabe si arrepentida del monstruo que había ayudado a crear y que la izquierda usaba para atacar al capitalismo. De esa época es su famosa frase: “El calentamiento global proporciona una maravillosa excusa para el socialismo global”. A buenas horas mangas verdes… nunca mejor dicho.

5. ¿Estudios científicos o películas de terror?

Los críticos a la teoría oficial del apocalipsis no suelen negar que pueda existir un cambio climático pero rechazan el tono agorero y no lo vinculan a la acción del hombre ni a sus emisiones de CO2. Lo consideran algo habitual en la historia terrestre y denuncian que a otras investigaciones —todas las que no criminalizan la emisión de gases de efecto invernadero— se les niegan recursos y están siendo invisibilizadas. Y, por supuesto, cuestionan las motivaciones de gente como Gore que se ha hecho rico diciéndonos que el mundo se iba a acabar sin que se haya acabado.

Con estos antecedentes, el calentamiento global causado por el hombre —nadie dice “por el hombre y la mujer”, se ve que aquí ser inclusivo no interesa mucho— ha llegado al primer cuarto del siglo XXI en plena forma, convertido en una verdad absoluta, sumándose al catálogo de histerias políticamente correctas de la izquierda post muro de Berlín. Con un montón de sensacionalistas profecías fallidas sustituidas con nuevas profecías igual o más sensacionalistas de las que nadie se acordará si no se cumplen dentro de 80 o 90 años, los sucesivos informes del panel de expertos, amplificados por los medios de comunicación, suenan casi a película de catástrofes: “punto de no retorno”, “ahora o nunca”, “lo peor está por llegar”, “nadie está ya a salvo” parece todo más propio de la saga Sharknado que de una investigación científica.

La mayoría de mensajes sobre el futuro que dan los científicos del IPCC parecen salidos de películas tipo ‘Sharknado’, cuya quinta parte, por cierto, hacía un juego de palabras entre ‘Global Warming’ (calentamiento global) y ‘Global Swarming’ (enjambre global).

6. El famoso consenso

En este discurso se escucha a menudo que el 97% de la comunidad científica coincide con el cambio climático antropogénico. La fuente de ese porcentaje proviene de un meta-análisis sobre artículos científicos publicados entre 1991 y 2011. Ya el abstract indica que el estudio analizó casi 12.000 artículos climáticos de los cuales solo el 32,6% mencionaban el calentamiento global y, de estos, el 97,1% avalaban esta teoría. Y no hace falta ser Stephen Hawking para saber que no es lo mismo el 97% del 100% que el 97% del 32%.

El análisis, realizado por un estudioso del cambio climático llamado John Cook, justifica el sesgo con esta explicación: “Nótese la gran proporción que no toman ninguna posición sobre el calentamiento global. Este resultado es el esperado en situaciones de consenso”. Vamos, que los que no dicen nada es porque están de acuerdo. Así da gusto hacer consensos.

7. El IPCC contra los glaciares del Himalaya

El artículo, referente desde el mismo momento de su publicación, ha sido objeto de numerosas objeciones que señalan deficiencias en la selección y en la valoración de los textos objeto del análisis, por no mencionar el hecho de que, como afirma el profesor de la Universidad de Sussex Edward Tol, el consenso en ciencia no tiene por qué significar nada: todos pueden estar equivocados. En palabras de Michael Chrichton: “En el ámbito de la ciencia el consenso es irrelevante. Lo que es relevante son los resultados reproducibles”.

Tol, que fue miembro del panel de expertos del quinto informe del IPCC, se ha sumado también a otros científicos que ven graves problemas estructurales de este organismo de la ONU —¿deficiencias en un organismo de la ONU? Quién lo iba a decir—: errores en el equipo de expertos y en la revisión de los artículos, rivalidad por llamar la atención y ausencia de controles dentro y fuera del IPCC, que actúa como un monopolio. La rectificación que tuvo que hacer el organismo cuando dijo que se derretirían los glaciares del Himalaya, tras una investigación solicitada por varios países, es una de las pocas excepciones a 25 años de mensajes que pocos se atreven a discutir.

Así funciona la maquinaria “científica” del cambio climàtico: da igual que el IPCC tuviera que reconocer que se equivocó diciendo que los glaciares del Himalaya se habrían derretido en 2035. Luego vienen otros expertos y ponen una nueva fecha para más adelante. Algún día acertarán.

8. ‘Fake News’ al servicio del discurso oficial

John Cook concluía su meta-análisis quejándose de los medios de comunicación, equidistantes en un tema en el que no deberían serlo. El investigador australiano se debe de sentir satisfecho de que eso que él llama equidistancia, y que un periodista honesto llamaría contrastar, haya desaparecido ya de los comprometidos medios generalistas. Solo hay que ver cómo las cadenas de televisión utilizan cualquier pretexto para hablar del desastre que nos espera, llegando a hacer virales bulos como el del oso polar que se moría por culpa del cambio climático. Y es que desde que Al Gore los finiquitó por adelantado, cada vez que le pasa algo a un pobre oso polar es por culpa del cambio climático.

La última exclusiva de los medios ha sido aprovechar la única ola de calor de un verano bastante apacible para que los expertos cuelen el discurso catastrofista (como lleva años haciendo la ONU y el IPCC). Y para considerar los incendios forestales otra prueba de que nos dirigimos hacia el desastre. ¿Que usted piensa que siempre ha habido agobiantes olas de calor en verano y que desde niño recuerda incendios durante los meses estivales? Por favor, a quién va a creer, a sus propios recuerdos negacionistas o a los medios de comunicación que le están abriendo los ojos.

Desde que Al Gore anunció su desaparición en ‘Una verdad incómoda’, los osos polares son uno de los blancos favoritos de las noticias sobre el apocalipsis climático, bulos incluidos.

9. El precio del C02 dispara la factura de la luz

Lo que ninguno de esos medios va a hacer es cuestionar el llamado precio del CO2 que está contribuyendo a disparar el precio de la electricidad. Fue creado en 2005 para animar a las empresas a invertir en energías limpias, y ha adquirido especial importancia desde el Acuerdo de París, en 2016. El concepto, aplaudido por los apologetas del terror climático está a medio camino entre un sueño húmedo de Greta Thunberg y El lobo de Wall Street: las empresas se ponen unos límites para emitir CO2. Si se pasan tienen que comprar más derechos de emisión, acudiendo a subastas realizadas por la UE o en el mercado secundario donde, como suele pasar, impera la especulación.

El resultado se supone que contribuirá a hacer un mundo más verde y ecosostenible. De momento, ha creado una burbuja especulativa y está disparando el precio de la electricidad porque el coste del CO2 se acaba trasladando a la factura de la luz. Y se prevé que lo siga haciendo en 2022, encareciendo hasta un 50% la electricidad. Pero no verá a ningún medio mainstream quejarse porque esto es bueno y necesario. Como lo fue apostar a lo loco por las energías renovables (Zapatero, ese genio) lo que nos llegó a costar 30.000 millones de euros que hasta hace nada también pagábamos en nuestra factura.

10. Nos vemos en 50 años

A pesar de todo (entiéndase por todo orígenes poco claros, organismos plurinacionales que manipulan, científicos que imponen por “consenso” un discurso único, medios al dictado y el dinero que nos cuesta), quién sabe si los oráculos del apocalipsis tienen razón y dentro de cincuenta o sesenta años hay que darles las gracias por aterrorizarnos y salvar el planeta. O nos tendremos que cagar en ellos por acojonarnos y engañarnos vilmente. En cualquier caso, tampoco tiene sentido darle muchas vueltas porque seguramente ni siquiera estemos aquí para verlo.

Y, además, ya se encargarían de justificar cualquier cosa según les convenga. Como han hecho con el agujero de la capa de ozono, que fue un punto sin retorno para la humanidad, casi se cerró gracias a la prohibición mundial de los clorofluorocarbonos, alcanzó máximos históricos en 2020 y se cerró otra vez en 2021 porque se ve que fluctúa cuando le da la gana. A ver si va a resultar que los humanos nos creemos los más importantes y el planeta va a su rollo. Que se lo digan a los dinosaurios.

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4 comentarios

  1. Muy bueno, señor Kaplan. Muchos datos interesantes que no se suelen contar en los medios. La verdad es que llevo toda la vida oyendo que el mundo se acaba y aquí seguimos, dando la lata.

    1. ¡Muchas gracias, Merce! Este ha salido algo largo, pero había tantas cosas que contar que no se suelen decir… Y, efectivamente, llevamos muchos años oyendo la misma matraca. Está claro que algún día alguien acertará pero hasta entonces es sano dudar de los augures del fin del mundo.

  2. Hola, Señor Kaplan, la verdad es que nunca me tomé en serio estas predicciones alarmistas. Por lo que he leído, los volcanes, cada vez que entran en erupción , lanzan a la atmósfera millones de toneladas de CO2, y son varios los volcanes que entran en erupción todos los años. Otro de los “estudios serios” dicen que los pedos y eructos de las vacas emiten CO2, así que quieren limitar el consumo de carne (con la mismísima Greta Thurnberg llamando a dejar de consumir carne) excusándose con “salvar el planeta”. O los que llaman a la extinción de la especie humana.

    1. Efectivamente, hay muchos motivos por los que sospechar de los “buenos consejos” de los defensores del apocalipsis climático. Por no mencionar que China es el país más contaminante del mundo y a veces parece que la cosa no vaya con ellos.

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