Ataque homófobo

Un buen esperpento tiene que empezar con algo digno de él. Por ejemplo, una frase de Karl Marx: la historia ocurre dos veces, una como tragedia y la otra como farsa. El bochorno de la izquierda con el asesinato de Samuel Luiz ha vuelto a suceder, multiplicado por cien, con el falso ataque homófobo en Madrid. Y el papelón que han hecho los medios de comunicación debería ser estudiado en las facultades de Periodismo. Que cientos de miles de tuiteros anónimos hayan metido la pata hasta el cuadril con los ocho encapuchados de Malasaña entra dentro de lo esperable. Que lo hayan hecho los principales informadores del país, incluidas agencias de verificación (espeluznante Ana Pastor), demuestra que el Cuarto Poder en España está más cerca de Chiquito de la Calzada que de Oriana Fallaci.

La noticia era muy jugosa: ocho tipos con la cara cubierta habían golpeado y grabado con una navaja la palabra “maricón” en las nalgas de un indefenso muchacho gay de veinte años. Una agresión homófoba de película de terror en el centro de Madrid a plena luz del día. Es verdad que tan solo una semana antes a una joven le habían roto los dientes durante un violento atraco a pocos metros de la Puerta del Sol. Pero ese incidente no le interesó a casi nadie. Llámennos malpensados, pero el sutil detalle de que los agresores fueran marroquíes y menas igual tuvo algo que ver.

Los encapuchados siembran el terror

Pero la agresión de Malasaña entra dentro de la violencia de la que hay que hablar , y mucho. Fue una bomba informativa desde el primer momento, tras una semana que había sido aciaga para los más crédulos de ambos lados, con el escándalo de Devermut, dos influencers lesbianas a las que habían pillado inventándose un episodio de homofobia en una discoteca, y el de una anciana de 90 años que denunció una okupación falsa y que ha dejado en entredicho la reputación del famoso Desokupa. Ambos hechos, dicho sea de paso, también muy difundidos por unos medios de comunicación que hace tiempo que redujeron a la mínima expresión su deontología profesional.

La noticia copaba los informativos y encendía los debates, mientras Pedro Sánchez convocaba una reunión urgente de la comisión contra los delitos de odio. Los activistas de izquierda, por su parte, bramaban que esto se veía venir por el aumento de los discursos de odio de la ultraderecha y el ministro Marlaska intentaba tranquilizar al colectivo LGTBI al tiempo que señalaba a Vox: “Juega al límite” asociando al partido de Abascal con el “caldo de cultivo” de este tipo de agresiones.

Jorge Javier Vázquez no puede caminar tranquilo

Aunque es cierto que la historia del joven gay sonaba un tanto extraña (y más según avanzaba la investigación policial: ninguna cámara había registrado a ocho encapuchados y no había un solo testigo), de entrada nadie la puso en duda. Y de eso se aprovechó la izquierda y el tolerante movimiento LGTBI para hacer lo que más les gusta en estos casos: victimizarse y propagar odio en cantidades industriales contra los que no piensan como ellos.

Los tentáculos progres se extendieron uno tras otro para darle vidilla a un escenario de pánico en las calles. Entre ellos destacó el de Jorge Javier Vázquez, que puso su cara más estreñida en pleno Prime Time diciendo que ya no se sentía seguro paseando por Madrid. “A mis 51 años jamás pensé que iba a vivir intranquilo por ser gay”, manifestó delante de las cámaras. “Uno de los discursos más potentes, reales y honestos que he visto nunca en televisión”, según lo definió una redactora de cuyo nombre tiene suerte de que no nos queramos acordar.

Lo que no se cuenta de los delitos de odio

Mientras la Policía investigaba y buscaba a los encapuchados, los medios aprovechaban para recordar que los delitos de odio crecían en España a causa de un grave problema —que no falte la palabra mágica— estructural. Y si bien es cierto que se denuncian cada vez más delitos de odio, hay un contexto que no se suele explicar: su aumento en una época en que cualquier comentario a un grupo minoritario o vulnerable puede llegar a ser denunciado como delito de odio y una sociedad que ha llegado a tener la piel excesivamente fina. Eso por no mencionar que los observatorios que suelen triplicar el número de delitos oficiales que da el Gobierno viven del dinero público y unos datos más optimistas igual no les vendrían muy bien.

Y, a pesar de todo, las cifras no dejan lugar a dudas: 278 delitos relacionados con la discriminación por orientación sexual o identidad de género, en 2019. Y eso incluye todo: lesiones, amenazas verbales y tratos degradantes. Ese mismo año hubo más de 7.000 robos con violencia e intimidación y más de 2.300 delitos contra la libertad sexual. Si las agresiones homófobas, que las hay, demuestran algo es que son casos aislados y no un problema “estructural”. Aunque RTVE le dedique medio telediario a los discursos de odio, el Gobierno mantenga que ese número se explica porque, según sus encuestas, 9 de cada 10 personas no denuncian, y las organizaciones LGTBI llenen las redes de fuego apocalíptico.

Por mucho que les fastidie a algunos, seguimos siendo un buen país para ser gay, lesbiana o transexual. De hecho, en este supuesto Mordor para la diversidad que es España, las transexuales hasta se pueden permitir el lujo de reventar a hostias una manifestación de feministas TERF.

#ElBulodelCulo

Pero el caso aislado en cuestión, o sea, el símbolo de la violencia homófoba estructural que hace que Jorge Javier Vázquez no pueda caminar tranquilo por Madrid, dio un giro de 180 grados en cuanto el muchacho se derrumbó ante la policía. La realidad superaba cualquier versión, las de la izquierda y las de algún que otro célebre e imaginativo tuitero de la derecha que quema de noche medias lunas en rincones solitarios y que llegó a hablar de bandas latinas, rencillas entre musulmanes e incluso operaciones de falsa bandera.

Y no. No era nada de todo eso. Ni los ocho encapuchados de Bonanza. Ni siquiera uno solo. El joven agredido resultó ser un chapero que quiso esconderle a su novio lo que le hizo un cliente en el transcurso de un, suponemos, placentero y doloroso juego masoquista. Tras dos días de tensión inflada por periodistas y políticos, las redes estallaron… pero de risa. #ElBulodelCulo se convirtió en trending topic nacional con 88 mil tuits en unas pocas horas, y montones de memes arrasaron las redes (uno de ellos ilustra este artículo).

De una de las agresiones del año a “algo anecdótico”

Y fue justo en ese momento sublime, cómico pero también de alivio (porque pensar en encapuchados atacando a la gente no le gusta a nadie con dos dedos de frente) cuando cierto progresismo mostró su auténtica cara: la de un grupo al que no le importa la realidad, sino únicamente visibilizar su causa y huir hacia adelante. La agresión que había sido el más claro ejemplo del discurso de odio de la ultraderecha, el acto violento que llevaba dos días abriendo informativos, los terribles encapuchados que convertían España en un infierno talibán para los homosexuales… todo pasó a convertirse en “algo anecdótico” (Marlaska dixit), un detalle sin importancia en el contexto de la homofobia estructural. El fin (denunciar esa supuesta homofobia estructural) justificaba los medios (estrellarse con una denuncia inventada a la que se había convertido en una de las noticias del año).

“Que el árbol no nos impida ver el bosque”, decía un apresurado artículo del Huffington Post. ”Si frivolizamos con lo de hoy, mucha gente se va a sentir coaccionada para denunciar”, advirtió el ministro del Interior, después de ser el primero en frivolizar con la verdad. No se puede ser más cínico. Bueno, sí se puede porque luego acusó a la policía de no informarle de que se sospechaba que todo pudiera ser falso.

Las manifestaciones se mantienen aunque sea un bulo

Los colectivos LGTBI habían convocado manifestaciones para protestar contra el ataque homófobo que los había conmocionado. A pesar de que supieron con unas horas de antelación que todo era mentira, salieron igualmente a la calle. Nunca dejes que la realidad te estropee una buena protesta. Claro que, sin agresión, las marchas quedaron algo desinfladas. Seguro que algunos hubieran preferido que lo de los ocho encapuchados hubiera sido verdad para que la mani hubiera quedado más dramática. Mala suerte. Habrá que esperar a la próxima ocasión.

La imprudente cobertura informativa de los principales medios de España, sin esperar a los resultados de las investigaciones policiales, no recibió apenas autocrítica, escudándose en la lucha contra la homofobia estructural. Algunos han muerto matando: El Plural sacó pecho después de ser partícipe del circo: “La extrema derecha se crece tras conocer que la agresión homófoba de Malasaña fue consentida” (a ver si algún día explican cómo se consiente una agresión). La Sexta, desesperada en dar argumentos a su parroquia, se puso a recordar cuando un concejal del PP fingió un secuestro de ETA hace 20 años, en una forzadísima comparación para justificar que lo de Malasaña no desacreditaba el terror homófobo que sufrimos en España.

Lo que no cambiaron fueron los ataques contra la derecha (ultraderecha, ya saben). Tras haberla criminalizado como responsable moral de que ocho tarados encapuchados se fueran de caza al homosexual, la cosa siguió igual tras descubrirse el pastel. Que los hemos calumniado, que los hemos acusado de algo con lo que no tenían nada que ver y además resultó ser una denuncia falsa. No pasa nada. El odio estructural necesita culpables estructurales.

Bochorno periodístico a las cinco de la tarde

Antes de que se supiera que todo era mentira, este hecho estaba llamado a marcar un antes y un después en los delitos de odio. Y como tal algunos periodistas lo dieron todo para estar a la altura de las circunstancias. A las cinco de la tarde es el primer verso de uno de los poemas más conocidos de Federico García Lorca, y también el título de un artículo de Eldiario.es que nos hemos reservado como broche de oro. Aunque ya ha sido borrado, aún se puede leer en la caché. El artículo describe el descenso a los infiernos de la homofobia de ocho tipos entre chistes de Arévalo y discursos de Vox. Como el cerdo, de A las cinco de la tarde se puede aprovechar todo, pero su culminación es insuperable:

“Pero llega un domingo por la tarde y lo hacen. Uno ha comprado ocho pasamontañas, uno por cabeza. Y han salido a la calle a plena luz del día. Así de impunes se sienten. Han ido a Malasaña, que allí seguro que encuentran a un maricón. Y se han fijado en uno que camina solo con su móvil. Y han ocultado su rostro, como hacen los cobardes, y se han lanzado sobre él. Le han metido en un portal y le han partido el labio de una hostia. Unos le agarran. Otros vigilan que nadie se acerque, que nadie baje por las escaleras. Y le bajan los pantalones. Y el chico llora y grita y trata de golpear, de despertar, de ser otro, pero no puede, no le dejan, porque ocho hombres han decidido que tiene que pagar por ser quién es. Y le bajan los calzoncillos. Y le llama maricón, pero esta vez siente que no le basta con decirlo, porque el placer del insulto es demasiado efímero. Y saca una navaja. Y todo ese odio se transforma en sangre”.

Justo después de estas desgarradoras líneas, una sola frase manda el homenaje a Lorca a tomar por donde le grabaron “maricón” al chapero:

Actualización. El joven de Malasaña que denunció la agresión ha confesado a la Policía que las lesiones fueron consentidas”.

Nacho Escolar y el redactor de este estremecedor documento debieron de pensar lo mismo que declaró el chaval que se inventó toda la película cuando salió de comisaría: “Solo quiero que se me trague la tierra”.












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4 comentarios

  1. Estupendo artículo sobre el tema. Medio circo se montó. Y muchos han quedado retratados y deberían de pensarse el actuar antes de saber nada. Pero tengo más que claro que esto se volverá a repetir. Acuérdese del hombre a quien todos acusaron de matar a su mujer y luego se vio que había muerto de un infarto.

    1. ¡Muchas gracias, Merce! Pues no le quepa duda. En cuanto pase otra desgracia (o algo que lo parezca) volverán a la carga exactamente con lo mismo. Este es el nivel periodístico del progresismo y del activismo de izquierdas: buitres carroñeros que solo piensan en sus causas ideológicas.

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