pechos censura

No se libran ya ni los dibujos animados. La última víctima ha sido la Jessica Rabbit de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? Un personaje entrañable que fue concebido de la forma más voluptuosa posible como parodia de la femme fatal del cine negro y que, por cierto, fue la estrella invitada de nuestro 50 aniversario. En la atracción de Disneyland en la que la explosiva pelirroja aparece desde 1994, a partir de ahora será una detective empoderada y llevará una gabardina que tapará todas sus curvas para no ofender la sensibilidad feminista. Con este gesto, la muy correcta y progresista The Walt Disney Company se acaba de poner a la altura de un censor del franquismo pintando el escote de una foto de Sara Montiel o de cualquier talibán de medio pelo obligando a su mujer a llevar burka. A esto lo llaman progreso.

El feminismo tiene un problema con el cuerpo de las mujeres. Al menos con aquel que pueda resultar atractivo a los ojos de un hombre, claro, porque con los orcos que llenan sus filas no pasa nada. La belleza no heteronormativa, lo llaman. Por alguna razón que solo se entiende en su concepción fanática del mundo, destacar el atractivo físico de una mujer la reduce automáticamente a un cuerpo, la cosifica y supone un claro ejemplo de violencia sexual. Al igual que el puritano cristiano quiere ocultar el cuerpo femenino para evitar la tentación y salvar almas, la nueva iglesia del feminismo lo hace para evitar violaciones sin que esté nada clara la relación causa-efecto entre una cosa (lucir el atractivo femenino) y la otra (ir al infierno o el aumento de las agresiones sexuales).

Jessica Rabbit, tapada de arriba a abajo por los talibanes de la corrección política. Demasiado sexy para el siglo XXI.

Uzaki-chan, el anime cosificador y pedófilo

Y en este paso atrás en la libertad sexual de las mujeres que tanto costó conseguir, los pechos femeninos se llevan la peor parte. Las tetas son el mal patriarcal. Para el feminismo tienen que ser discretas y no llamar la atención. Y si no pueden ser discretas deben taparse con prendas amplias. Recuerdo, toca digresión personal que para algo es el blog de un servidor, una camarera de un restaurante que me confesó harta de tener que llevar una camisa más grande solo porque una clienta habitual, que trabajaba en un sindicato, se había quejado de que se marcaban demasiado sus pechos, lo cual, al parecer, incomodaba no solo a la clienta sino a toda la humanidad a la cual ella representaba con su queja. El dueño le pidió que se cubriera un poco, seguramente por miedo de que el sindicato le acabara acusando de explotación de mujeres.

Y eso que esta camarera no se encontró sirviendo una cerveza (nunca una fanta, por supuesto) a la abogada feminista que puso el grito en el cielo porque Cruz Roja usó la imagen de Uzaki-chan, otro popular personaje animado, una joven de grandes senos que se usan como desencadenante de situaciones cómicas y nunca sexuales. La polémica, que aquí cuenta muy bien Una Alienada, incendió las redes y no faltó un rediseño woke de Uzaki-chan más “realista” (como si el realismo preocupara mucho a los amantes del anime), y los comentarios de los justicieros sociales acusando al personaje —que representa a una chica de 20 años— de promover la pedofilia por sus rasgos aniñados. Ya puestos a acusar, pues se acusa a lo grande. Cosificación, machismo y pedofilia.

El cartel de Uzaki-chan de Cruz Roja que desató la polémica en las redes sociales. La campaña de donación de sangre fue un éxito, lo que demuestra que se puede vencer a los canceladores… solo con no hacerles caso.

A la gente le asustan los pechos de Billie Ellish

La cantante Billie Ellish también ha sufrido esta ola moralista que ve en los pechos femeninos una de las armas secretas del Patriarcado. Un dibujo que posteó ella de unos senos desnudos le hizo perder cien mil seguidores en Instagram y una foto con un corsé donde se marcaba su generoso busto también le ha hecho perder otros cien mil fans. “Perdí 100 mil seguidores solo por los pechos. La gente le tiene miedo a los pechos grandes”, se lamentó la cantante en una entrevista en Elle. Aún así puede quedarse tranquila: le quedan 92 millones más.

Mientras Ellish vistió ropas holgadas que escondían su cuerpo para no atraer lascivas miradas masculinas y para que la valoraran solo por su talento no hubo ningún problema. Bastó que se le ocurriera cambiar de look y empezar a lucir su figura para ofender a su parroquia más woke. “La gente se aferra a ciertos recuerdos y desarrolla una fijación. Pero resulta muy deshumanizante”, se quejó la intérprete de Bad Guy que comprobó en sus carnes, nunca mejor dicho, la poca distancia que puede haber entre un baboso, un hater y un purificador justiciero social.

Un cambio de look provocó la indignación entre algunos de sus fans que tanto la habían defendido cuando llevaba ropas anchas. ¿Cómo podía ella contribuir así a la cosificación de la mujer? ¡Esconde las tetas, alienada!

¿El fin del toples?

Precisamente, es ese terror que las feministas están creando en las nuevas generaciones de que sus pechos están perpetuando el acoso y la violencia machista lo que puede explicar por qué el toples en las playas cada vez se ve menos. Lo que fuera un símbolo de libertad en los setenta y ochenta y un ejemplo de reivindicación del feminismo (quién le ha visto y quién le ve), ahora se percibe como todo lo contrario. En 2009, un estudio estatal en la cuna del toples, en Francia, demostraba que una cuarta parte de las francesas decía sentirse molestas al ver otras mujeres con los senos desnudos en la playa, un porcentaje que aumentaba según descendía la edad. Ese mismo estudio aseguraba que hasta el 51% de las francesas temían ser “atacadas” después de sentirse observadas por los hombres de forma “maliciosa”.

Si eso decía una encuesta de hace 12 años, imagine ahora en pleno #MeToo. Y recuerden que el Ministerio de Irene Montero ya computa como acoso sexual las “miradas insistentes”. No es de extrañar que el toples abandone las playas. Mientras, paradójicamente, se reivindica el derecho a enseñar los pezones en Facebook o Instagram. Muy propio de este narcisismo de pantallas en el que vivimos: el desnudo se defiende en los espacios virtuales donde te pueden contemplar y juzgar miles de personas, pero se rechaza en espacios reales donde se ha desarrollado un auténtico pánico a que unos pocos te puedan acosar o grabar con un teléfono móvil, lo cual, por cierto, no suele suceder habitualmente.

Viñeta que refleja perfectamente la histeria feminista con el toples y el giro de 180 grados con el que fuera uno de los símbolos de libertad sexual en los años setenta y ochenta.

Prohibido mirar a las mujeres

El tema, como apunta esa encuesta francesa con mujeres incómodas con otras mujeres en toples —como aquella clienta incómoda de ver los pechos de una camarera— o con Billie Ellish escondiendo sus curvas y provocando críticas cuando deja de hacerlo, es justo ese: la mujer no solo tiene que tener miedo a salir la calle, también lo tiene que tener de su propio cuerpo, y cuanto más llamativo sea más miedo debe tener. Cuando en 2018 la galería de arte de Manchester retiró la obra de John William Waterhouse Hylas y las ninfas para promover un debate sobre la cosificación tenía muy claro donde estaba el problema: en las ninfas que enseñaban despreocupadas, sin miedo, sus pechos.

La solución a ese clima de creciente paranoia puritana que promueve el feminismo echándole la culpa a los hombres y su machismo, como proclama este muy progresista artículo, está clara: “En la era #MeToo, hay que convertir los espacios públicos en lugares donde las mujeres puedan existir sin ser miradas, juzgadas o comentadas”. El feminismo ha pasado de lo lógico (la libertad de una mujer para enseñar los pechos si quiere sin que nadie la moleste) a lo surrealista (el derecho de una mujer a enseñar los pechos sin que nadie la mire). Bienvenidos al mundo de los unicornios donde hay patente de corso para decir lo macizos que están Idris Elba o Henry Cavill pero pobre de usted si habla de las fantásticas tetas de Salma Hayek. Que bastante mal lo pasó con Harvey Weinstein, hombre, no sea tan machirulo e insensible.

Está bueno Henry Cavill, ¿eh? Cosifique, cosifique sin miedo, que es un hombre.

La Nochevieja de Sabrina hoy habría provocado un cataclismo feminista

Está claro que la corrección política tiene un problema con las tetas, especialmente si son grandes. La famosa actuación de Sabrina de la Nochevieja de 1987 con su seno independizándose del corpiño con más éxito que Puigdemont haciéndolo de España, hoy habría provocado despidos en RTVE y hordas de feministas y aliades habrían arrasado Twitter. Y más sabiendo que, supuestamente, fue una treta del realizador que engañó a la cantante asegurando que no se vería nada.

Sabrina se mosqueó y abofeteó al realizador pero no le dio mayor importancia, tal vez porque era consciente de a qué debía buena parte de su éxito mundial, cosa que aprovechó al máximo. No es una buena feminista de las de ahora y, por tanto, no se ha victimizado para intentar sacar partido de aquello a la luz del #MeToo. En vez de eso, llena su twitter de fotos alegres y sexys donde luce su busto sin complejos, como bien tiene a recordarme Merce Sánchez, la lectora más fiel del blog.

He visto cosas que vosotros no creeríais: el único especial de Nochevieja que no fue un tostón, un corpiño vencido y dos pechos saltarines más allá de Orión. Todos esos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia si triunfa la iglesia feminista.

Tampoco pasaría los estándares del feminismo actual Dolly Parton, que siempre ha asegurado entre bromas que sus principales activos son sus grandes pechos. Parton tiene una mirada femenina normal, sin transmitir odio hacia la mirada masculina y, a sus 75 años, la cantante y empresaria habla con una naturalidad que haría santiguarse a las feministas: “Todo el mundo quiere mirarlas y siempre he entendido que los hombres no puedan resistirse a echarles un vistazo. Cada vez que estoy en una reunión de negocios, les digo a los hombres: ‘Os voy a dar un minuto para que las miréis, pero luego quiero que escuchéis atentamente lo que tengo que decir, porque estoy aquí para generar dinero para todos”. Y mal no le ha ido con sus “principales activos”, como demuestra el millón de dólares con el que ayudó a financiar la vacuna de Moderna.

Las sucias montañitas del Patriarcado

En el extremo contrario se encuentra Scarlett Johansson, que llegó a reducirse el tamaño de sus pechos (que se había aumentado años atrás) para que la consideraran mejor actriz y le ofrecieran otro tipo de papeles. Por lo visto, el talento interpretativo es inversamente proporcional a la talla de sujetador. Es el ejemplo perfecto de adónde está llegando la obsesión de las feministas con los pechos. Quieren ser Simone de Beauvoir pero cada día se parecen más a la fanática madre de Carrie cuando le decía a su hija aquello de: “Veo tus sucias montañitas, todo el mundo las verá”.

Y es que para las nuevas feministas, las tetas se han convertido en las sucias montañitas del Patriarcado y el día menos pensado alguien se ofenderá y propondrá retirar del Louvre La Libertad guiando el pueblo del machirulo de Delacroix porque esa mujer con los pechos al aire no es adecuada. Y cuando se hable de censurar, entre los aplausos del wokismo, una de las más emocionantes representaciones de la Libertad habremos llegado por fin a la metáfora perfecta de nuestra época.













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9 comentarios

  1. Estupendo, como siempre. Si cuando digo que el feminismo es el nuevo machismo no voy desencaminada. De aquí a nada, vendrán a las playas a manifestarse porque se ve mucha carne, pero digo yo que alguien tendrá que pararles los pies. Cuento con usted y con su blog. Y, por cierto, gracias por la mención. 😊

  2. Hola, Señor Kaplan, excelente artículo, lo irónico es que esta gente se define como anticlerical, pero actúa como el cristiano más fanático con respecto a la censura. Es totalmente natural que al hombre le atraiga el cuerpo femenino o a la mujer el cuerpo masculino, está relacionado con la procreación y el instinto de supervivencia de la especie, pero hoy la ideología a reemplazado a la realidad.

    1. Gracias, Lisandro. Efectivamente, debería ser normal la atracción por el cuerpo, incluso su mera observación, pero solo se permite si es de una mujer hacia un hombre o de una mujer hacia una mujer. El resto se ve como opresión. Deberíamos pensar en qué momento dejamos que algo tan ridículo se impusiera como norma ideológica.

      1. O de un hombre hacia otro hombre. Hoy ser varón blanco heterosexual es el pecado capital de la iglesia feminista. Pero como dicen, la culpa no es del chancho sino de quién le da de comer. Toda esta histeria del feminismo moderno es fomentada por los grandes medios de comunicación y financiada por los grandes plutócratas de la globalización.

    2. Hay una pequeña diferencia entre ese femimismo puritano y como uste lo llama el “cristianismo fanático”: la libertad. El femimismo pretende prohibir todo lo que le parece mal, el cristianismo que si quieres ser coherente con sus enseñanzas debes seguir ciertos criterios, pero no te obliga a ellos. La libertad del individuo está por encima de todo.

      1. Cuando la Iglesia ha estado cerca del poder la libertad moral y sexual desaparecían, y la censura hacía lo que quería. Le recomiendo el artículo del blog dedicado a Viridiana para que vea la “libertad” que había.

  3. Tetas, y punto. Bueno, y dos puntos. Seguramente tendríamos más éxito en una campaña de “Tetas contra la censura” que argumentando durante horas. Yo cada día estoy más cansado de argumentar contra fanáticos religiosos que tienen la verdad revelada por Dios a sus profetas (Marx, Simone de Beauvoir, Valerie Solanas,…) y recogida en sus libros sagrados.

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