Autora de Harry Potter

El especial Harry Potter: Regreso a Hogwarts celebró el veinte aniversario de la popular saga cinematográfica reuniendo a actores, directores y técnicos en un reencuentro con más nostalgia que magia. En la lista de participantes llamó la atención la ausencia de dos nombres: el del compositor John Williams (ser el alma musical de la saga se ve que no fue suficiente para que lo invitaran) y, sobre todo, el de la escritora Joanne (JK) Rowling, autora de las novelas en las que se basan las películas y que han vendido más de 400 millones de ejemplares en todo el mundo. La creadora del tinglado aparecía solo en unas imágenes de archivo. ¿El motivo? El conjuro expelliarmus TERF.

Existe una encarnizada lucha entre las dos casas principales del feminismo identitario del siglo XXI. Por un lado, la casa del feminismo radical, Terfyndor, ese en el que las mujeres se consideran las víctimas eternas del Patriarcado. Y por otro, la casa Slytransin que se desarrolló con el auge promovido por las feministas radicales del paradigma de género en vez del sexo biológico y que amenaza con devorar a sus madres al reivindicar que los transexuales (personas transgénero en la neolengua políticamente correcta) también pueden ser mujeres aunque les cuelguen varitas mágicas entre las piernas.

El caso es que algunas feministas radicales consideran que las otras son hombres, a los que el feminismo se la tiene jurada por ser los causantes de todos sus males, unas hermanas con truco que invaden sus espacios y que las ponen en peligro, y de ahí lo de TERF (Trans-Exclusionary Radical Feminist). Mientras que las segundas piensan que esa exclusión es tránsfoba porque hay mujeres transgénero, piden un lenguaje transinclusivo (porque palabras como “mujer” o “madre” son excluyentes e incluso fascistas) y usan el término TERF o TERFA como insulto. Cada vez que ambos grupos, igual de fanáticos, se cruzan empieza la magia de las opresiones. Misoginia contra transfobia. Coja palomitas y disfrute de la masacre porque va a haber más leches que en la final del torneo de Quidditch.

JK Rowling y la orden del TERF

El affaire JK Rowling es un glorioso capítulo de esta lucha. Forrada gracias a sus novelas y con 14 millones de seguidores en Twitter, la autora británica es una orgullosa TERF que ya mostró su apoyo en 2019 a Maya Forstater, una investigadora despedida por decir que las mujeres transgénero no podían cambiar su sexo biológico. Un año después tuiteó ironizando sobre el muy transinclusivo término “personas que menstrúan” que había leído en un artículo: “Personas que menstrúan… estoy segura de que solía haber un nombre para estas personas”. Y hace nada, de nuevo escribió en la red social un nuevo mensaje polémico, criticando que la policía identificara a los violadores según su identidad de género: “La guerra es paz. La libertad es esclavitud. La ignorancia es fuerza. El individuo con pene que te violó es una mujer”.

Y por si esto fuera poco, parió la abuela TERF: la escritora publicó una nueva novela de misterio en la que el asesino era un hombre que se travestía de mujer. Ya se puede imaginar la algarabía de los activistas trans, queer y demás ralea por la justicia social. Y es que estamos hablando de los mismos que consideran una muestra de dolor insoportable referirse a una persona que ha cambiado de sexo por su nombre anterior. Y de los mismos que pidieron la cancelación de Gina Carano por reírse del uso de los pronombres de género y que consiguieron que se suspendiera una película con un personaje trans solo porque lo interpretaba una mujer, Scarlett Johansson. Para ellos todo esto es transfobia. Este artículo también. Y usted, si lo lee sin ofenderse. Tránsfobo más que tránsfobo.

El colectivo trans y las reliquias del sexo biológico

Cualquier cosa que cuestione al colectivo trans —el sexo biológico, sin ir más lejos, que se empeña en llevarles la contraria— es el Mal. Automáticamente les indignará porque, repítalo con voz trémula y ofendida a lo Greta Thunberg, no tiene en cuenta su sufrimiento y su opresión y, por tanto, es una muestra de odio… que les legitima para responder con más odio. Vamos, el victimismo del feminismo radical de toda la vida, que tampoco soporta que se les lleve la contraria, pero con la fórmula mejorada y echándole huevos. Y no en sentido figurado.

Este feminismo trans está mejor visto dentro del progresismo y en los movimientos de izquierda. Quizá porque está de moda y ahora mismo suma más puntos en la escala de las opresiones. Y el progresismo siempre tira por la causa que más brilla y le puede sacar más partido. Es lo único que puede hacer sombra al MeToo: una buena dosis de terror tránsfobo. Por eso, JK Rowling ha visto como parte de la industria cultural le ha dado la espalda por su activismo TERF y la ha convertido en la facha de la historia. Y si no que se lo digan a Lidia Falcón, que pasó de ser la voz cantante del feminismo en España a una outsider expulsada de los medios y de las organizaciones de izquierda.

Daniel Radcliffe y el prisionero de la corrección política

El mismísimo Harry Potter, Daniel Radcliffe, pidió perdón a los fans que se pudieran haber sentido heridos por las palabras de la escritora, y defendió a las mujeres transǵenero. La actriz que encarna a Hermione, Emma Watson, hizo lo propio e incluso sugirió nombres de asociaciones trans para hacer donativos. Y, finalmente, Warner Brothers, distribuidora de la saga cinematográfica, publicó un comunicado desmarcándose de la autora, sin citarla, y apoyando la diversidad y la inclusión.

Con toda esta polémica, no es de extrañar que cuando HBO se planteó el especial del 20 aniversario de Harry Potter no contaran con JK Rowling o que la propia escritora declinara amablemente (es un decir) la invitación para no tener que ver la cara de los actores que habían salido públicamente contra ella. A fin de cuentas, cobraría igual los derechos de autor apareciera o no apareciera en el especial. Pero la mejor parte de esta historia estaba por venir en cuanto opinaron los fans activistas (y los activistas que se hacen pasar por fans) en un giro loco pero no sorprendente conociendo a la parroquia progre.

JK Rowling y la cancelación filosofal

Twitter fue el escenario de una batalla campal en medio mundo con miles de mensajes de los dos bandos. Los que dicen que atacar a JK Rowling es una muestra miserable de misoginia y machismo, los que dicen que qué carajo importa su obra cuando está haciendo tanto daño a la comunidad trans, los que sienten su vida en peligro por los tuits de la escritora y los que exigen que sea borrada de la saga por su supuesta transfobia. Para justificar su eliminación se llega a decir que tampoco ha sido tan relevante y que lo importante son las películas, que parece que hayan salido por arte de magia de cualquier rincón de Hogwarts. Que sin ella no habría existido jamás Harry Potter es un pequeño detalle sin importancia al lado de sus horrendos crímenes contra los derechos humanos de las personas trans que han consistido, básicamente, en opinar.

En esa guerra sin cuartel desde el sofá entre activistas millennials y zetas con ribetes de tragicomedia de primer mundo —y con mención de honor a El Jueves, en el bando trans, linchado por las feministas por su “misoginia” tras años de servilismo a la causa feminista—, algunos incluso ni se atreven a mencionar el nombre de la novelista británica. Ni Voldemort ni muggles en vinagre. La auténtica la-que-no-debe-ser-nombrada es JK Rowling y si se dice su nombre aparecen los mortífagos, los dementores y Arévalo contando chistes de mariquitas. Y con eso no puede ni Irene Montero lanzando un Patronus en lenguaje transinclusivo.









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10 comentarios

  1. Muy bien contado, señor Kaplan. Que a lo mejor yo soy malvada pero estoy disfrutando con estas luchas, viendo como se comen entre ellas. Al final, lo que menos importa es la obra.

  2. Hola, Señor Kaplan, la verdad es que este tipo de cosas muestran la decadencia de Occidente. Por lo menos a las TERF les queda algo de sentido común al defender el sexo biológico, ir en contra de la naturaleza ya es una aberración. En Argentina todavía estamos lejos de esto, pero no tardarán en llegar.

    1. No es por sentido común, cosa que han demostrado no tener, sino por ver que se les desmonta el castillo de privilegios que han ido construyendo.

    2. Como bien le han constestado por ahí, no es sentido común: es tener que compartir la tarta con alguien más que les recuerda demasiado a sus “opresores”, los hombres. Un saludo, amigo Lisandro.

  3. No sé cómo no hay mujeres dándose cuenta de que la película no ha cambiado en absoluto: hace 20 años nos dominaban hombres vestidos de hombres, y en la actualidad nos estamos dejando amedrentar por hombres que se ven más monos vestidos de mujer. A eso se le ha acuñado como “FEMINISMO INCLUSIVO”, y como mujer menstruante soy forzada a aceptarlo. Creo que no nos queda otra que atacar con una “MISANDRIA MUY INCLUSIVA”, esto es, trans incluidos, y encima ordenados alfabéticamente y por tamaño de implantes. Por mi Santo C*ñ* Natural. Qué agotamiento de hombres… (Y no, yo no creo que Irene Montero saliera viva de un debate sobre el tema. Conmigo de entrevistadora no saldría vida de un debate, punto)

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