Woke

Debo avisar de que esta aterradora historia que está usted a punto de leer tendrá interrogantes y preguntas sin respuesta. Pero así es cómo sucedió y así lo transcribo. No sé cuándo empezó todo pero para mí comenzó ayer por la tarde, víspera de la noche de Halloween. Estaba a punto de acabar mi turno en el centro de salud cuando el último paciente entró por la puerta. Su cara descompuesta y sudorosa no anunciaba nada bueno. Yo no lo sabía entonces pero la invasión de los ultracuerpos woke estaba a punto de desatarse.

— Doctor, sucede algo terrible. No es a mí, es a mi mujer. No es ella. Parece ella, habla como ella y tiene todos sus recuerdos, pero ha cambiado. A mí no me engaña: es otra persona.

Le miré algo atónito sin saber muy bien qué decir. Y él se dio cuenta.

— Sí, suena a locura pero así es. Usted conoce a Marta. Ella siempre fue una persona sensata, de izquierdas pero con dos dedos de frente. Tenía un espíritu bastante crítico. Ahora no es así. No hace más que hablar del Patriarcado, del supremacismo blanco, de la homofobia estructural, que si el rosa es un color que oprime porque perpetúa los estereotipos de género… y considera que todos los que le llevan la contraria son unos fachas.

—Bueno —le interrumpí—. Puede que solo se haya radicalizado un poco. Con los medios desinformando a diario y las redes sociales creando fanáticos no es nada raro. Ya sabe que lo progre y lo woke están muy de moda últimamente.

—No, doctor. Es mucho más que eso. Ya no es mi mujer. No la reconozco. Está obsesionada con un montón de temas que antes apenas le importaban. Por ejemplo, el cambio climático. Que dice que hemos pasado el verano más seco de los últimos tres mil años. Y con lo que le gustaban unos buenos filetes de ternera, ahora dice que debemos comer insectos para salvar el planeta, que lo dice El País.

— ¿Ella lee El País? — Eso sí me preocupó.

— Se ha suscrito. Y a Público. Ayer me la encontré leyendo en éxtasis una columna de Ana Pardo de Vera, gimiendo: «sí, así, asíiiiii».

A pesar de la preocupación que mostraba aquel hombre, no le di demasiada importancia. La pobre desgraciada se habría vuelto una podemita. Cada vez había menos, pero alguno tenía que quedar. Me encogí de hombros, le di una palmadita en la espalda y le receté paracetamol cada ocho horas.

Cuando por fin salí, compré unas cosas y me dirigí a mi piso. En el portal me encontré con Carlota, la hija pequeña de los vecinos del tercero, llorando desconsoladamente.

— ¿Qué te pasa, guapa? ¿Por qué lloras?

— Mis papás no son mis papás. No hacen más que hablar de cosas raras que no entiendo. Y cuando les digo que eso no me interesa me llaman nazi. ¿Qué es una nazi, doctor?

Tranquilicé a la chiquilla y la hice volver con sus padres. Aquella actitud era ciertamente peculiar. Aunque de unos ex votantes de Ciudadanos todo se podía esperar. Cualquiera que hubiera estado en ese partido tenía que haber acabado traumatizado de por vida o enchufado en el Consejo Económico y Social de Andalucía.

A la mañana siguiente volví a encontrarme con Carlota. Ya no estaba triste, pero la vi muy seria.

—Buenos días, guapa. ¿Qué tal estás hoy?

—¿Cómo que guapa? No me cosifique, señoro asqueroso. Pues estoy muy preocupada porque la violencia machista lo invade todo. ¡Nos violan a todas horas! ¿Lo sabía usted? Qué va a saber, fascista de mierda, que seguro que se pasa las noches viendo porno, violando mujeres con la mente.

Me alejé perplejo observando a aquella niña de siete años, que me ignoraba completamente mientras empezaba a cantar en mitad del rellano «Una mattina mi sono alzato. Bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao».

En el metro percibí más señales de que las cosas no iban bien. Nadie levantaba la mirada del teléfono móvil. Lo de siempre pero más robótico de lo habitual. Todos tecleaban al unísono y pasaban las pantallas a la vez, como sincronizados. Tosí levemente y el vagón entero me miró a la vez. Algunos incluso me señalaban con el dedo porque mi nariz sobresalía de la mascarilla. Con algo de miedo me la coloqué bien y decidí ojear un poco Twitter para distraerme. Lo primero que vi fue un tuit de Hermann Tertsch:

Los derechos humanos de las personas trans no pueden ser pisoteados. La ley trans debe ser aprobada hoy mismo para que les niñes de 16 años puedan cambiar de sexo. La autodeterminación de género es un derecho humano tan importante como el aborto libre.

Tuve que asegurarme de que aquello lo había escrito Hermann Tertsch y no una cuenta parodia. A continuación me saltó un tuit de Juan Soto Ivars:

Mi nuevo artículo en La última hora habla de la necesidad de ponerle límites al humor. No todo se puede permitir. Y los derechos de las minorías son un claro límite. El humor tránsfobo y racista debe ser prohibido. La cancelación es salud.

Entre las respuestas al tuit, Isa Calderón y Ana Bernal-Triviño mandaban efusivos abrazos a su «grandísimo amigo» Soto Ivars, que asimismo era felicitado por la flamante nueva Directora General de Igualdad de Trato y Diversidad Étnico Racial, Rebeca Argudo. Arturo Pérez-Reverte contestaba a todos los comentarios con emojis de corazones. Aquello no tenía ni pies ni cabeza. Ni siquiera en un microcosmos tan descerebrado como Twitter.

Llegué al centro de salud justo cuando veía en las noticias el acuerdo entre Vox y el Gobierno para impulsar la ley de Memoria Democrática y prohibir la palabra «franco» como sinónimo de «sincero». Santiago Abascal declaraba solemne: «Hay que buscar a todos los desaparecidos en las cunetas franquistas. Yo cavaré la tierra con mis propias manos hasta dar con los restos de García Lorca. Lo juro por Indalecio Prieto».

Ante estas palabras, Iván Espinosa de los Monteros y Gabriel Rufián se fundían en un abrazo sospechosamente amoroso. Y el hemiciclo entero aplaudía en una ovación que sonaba tan mecánica como los aplausos enlatados de las comedias antiguas de la tele.

El presentador del informativo, Carlos Herrera, celebraba aquel momento que «hacía justicia a la Segunda República», y estaba a punto de dar paso a una entrevista con el artífice de todo aquello, «el presidente que más ha hecho por la convivencia pacífica de los españoles, Pedro Sánchez».

Si el país parecía haberse vuelto más loco que de costumbre, el centro de salud también. El personal sanitario bailaba sin parar coreografías de Tik Tok mientras los pacientes seguían el ritmo con la cabeza, sentados en los bancos sin preocuparse de sus citas. Me tropecé con una de las enfermeras que salía de mi consulta. Me gritó: «¡Abajo el heteropatriarcado! ¡Vivan las madres protectoras!» y salió corriendo para sumarse a un baile de Tik Tok con un montón de mujeres con las tetas fuera sin que quedara muy claro si estaban imitando a Rigoberta Bandini o a Cicciolina.

La enfermera había dejado debajo de mi mesa una especie de vaina de color morado, de aproximadamente un metro de largo. El capullo se abrió nada más entrar yo y asomaron unas hebras que se desparramaron formando una espuma blanquecina que empezaba a parecerse a un cuerpo humano. Me acerqué espantado y me fijé en la cara a medio formar. ¡Se parecía a mí! Ahora lo entendía todo: aquellas monstruosas vainas estaban suplantándonos.

Lenta pero inexorablemente, réplicas deshumanizadas y sin sentimientos ocupaban nuestro lugar. El pensamiento progresista del siglo XXI, tan simple y maniqueo, que abrazaba la consigna fácil rechazando cualquier crítica, era ideal para que estos parásitos tomaran el control. Poco a poco los ultracuerpos se estaban adueñando del mundo. La ideología woke no solo había despertado conciencias sino algo mucho más amenazador, un mal ancestral que quizá llevaba milenios observándonos desde el espacio exterior para conquistar la humanidad.

Tenía que alertar de lo que estaba sucediendo antes de que fuera demasiado tarde. Me asomé por la ventana y grité con todas mis fuerzas: «¡Estamos en peligro! ¡Vienen a por nosotros! ¡Ya están aquí!» Pero nadie parecía hacerme caso. Continué hasta desgañitarme: «¡Y usted será el primero, y usted el siguiente! ¡Y luego usted!»

En ese instante, mi copia abrió los ojos y me apuntó con su dedo amenazador profiriendo un grito inhumano.


Kaplan contra la censura no es un buen título para el blog. Lo tengo que cambiar. La censura es necesaria porque la libertad es peligrosa. No se puede ser tolerante con el intolerante. Ya lo dijo Pictoline con sus dibujitos, mejorando la paradoja de un tal Popper.

La gran periodista Àngels Barceló lo dejó también claro el otro día en la radio: hay que eliminar del debate a aquellos que cuestionen el cambio climático. El debate de ideas no es bueno porque hace pensar. Y se corre el riesgo de que alguien no piense bien.

Me siento más progre que nunca. Cambiaré el mundo a golpe de tuit desde el sofá. Y cuando me canse de holgazanear pasaré a la acción: tiraré crema de zanahoria encima de Las Meninas para defender a los colectivos vulnerables de la Patagonia. Y cantaré a grito pelado «Sufre, mamón, devuélveme a mi chica» para ponerla a parir por ofensiva medio minuto después.

Exigiré más impuestos para que el Ministerio de Igualdad pueda acabar con la lacra de la violencia machista, de la que no se salvan ni los miembros de Podemos, como le ha pasado al camarada Miguel Ángel Bustamante, acusado de violencia de género por su pareja. Y dice el muy facha que es una denuncia falsa. ¡Pero si todo el mundo sabe que las denuncias falsas no existen y que no hay que dudar jamás de la palabra de una mujer! De hecho, él mismo lo proclamaba a los cuatro vientos antes de que le pasara esto.

Cuando empecé a escribir esta historia yo era un desecho humano, un vil negacionista, racista, homófobo y misógino que merecía ser ajusticiado en la plaza pública. Pero ahora me siento dichoso de estar al lado de todos, todas y todes defendiendo la justicia social, y un hilillo de saliva se me escapa por la comisura de los labios mientras me suscribo a Netflix, a Disney Plus y al Telegram de Pablo Echenique.

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7 comentarios

  1. Todo un clásico el relato anual de Halloween de Kaplan. Aterrador, esta noche no podré dormir pensando en esto. ¿Y si vienen a por mí? Si han podido con Kaplan, todos los demás estamos perdidos. 😅

    1. Un cuento de terror no podía faltar por estas fechas. Y ya van tres. Muchas gracias por leerlo, Merce. Y tranquila, no se ponga nerviosa. Tengo por aqui una vaina de lo más relajante. Usted solo tiene que dormir y ella hace el resto xD

  2. Hola Señor Kaplan, jajajaja muy buena historia o ¿histeria? de Halloween, aunque lamentablemente no tiene nada de ficción o si lo es , no se nota la diferencia con la realidad jaja. No ande mucho metido en los medios de comunicación ni en las redes sociales, no vaya a ser que lo contagien, jaja.

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