Joaquín Reyes límites del humor

Hace un mes, Joaquín Reyes y Arturo Valls acudieron a un coloquio en el VII Foro de la Cultura de Valladolid. Sus comentarios han tardado casi treinta días en ser difundidos —cosas de la viralidad— y en llamar la atención de columnistas y medios, aunque en realidad Reyes no afirmó nada que no haya dicho ya en otras entrevistas cuando le preguntan por estos mismos temas. Resumiendo: que no existe la llamada «cultura de la cancelación», que lo que hay ahora es una crítica hacia los humoristas y que estos deben ser responsables de los chistes que cuentan. De paso lanzó mensajitos a Pablo Motos, sin nombrarlo, y a Miguel Bosé, nombrándolo con todas las letras.

La prensa amiga aplaude a Joaquín Reyes

Ya se puede imaginar cómo se dio la noticia en ciertos medios: «La aplaudida reflexión de Joaquín Reyes sobre la censura del humor en España», «El aplastante argumento de Joaquín Reyes que contradice a Pablo Motos y su ya no podemos reírnos de nada» o «La viral reflexión de Joaquín Reyes sobre el humor y la censura», haciéndose eco también la progresfera tuitera que aplaudió hasta hacerse callos en las manos. Lo raro es que hubieran dicho otra cosa: es lógico que los aspirantes a canceladores celebraran que les dijeran que ellos, angelitos, no hacen más que criticar en un sano ejercicio de democracia y libertad.

Y también hubiera sido extraño que Joaquín Reyes se planteara otra cosa. Él es un ejemplo de artista que arriesga poco, siempre en el lado correcto de la historia, que se autocorrige según soplan los vientos sin que nadie le tenga que decir nada. Él mismo lo comentó en el coloquio vallisoletano: «Muchas veces la autocensura es criterio». Y en una entrevista con Jordi Wild afirmó que «como sociedad hemos evolucionado, hay chistes que están superados y no creo que eso suponga ningún problema (…) Yo ya no hago chistes machistas». O sea, que el que quiera «ofender» con su humor viejuno allá él, pero que se atenga luego a las consecuencias de los gambiteros de Twitter.

La cultura de la cancelación huele a caldofrán

Lo dice alguien que no se suele meter en charcos con sus chistes. Así cualquiera. Que se ponga a decir, como le ha sugerido Rebeca Argudo, que no existe la cultura de la cancelación ni tampoco la cultura de la violación. O que haga chascarrillos contra la ley trans. Risas aseguradas. J.K. Rowling y Lucía Etxebarría le podrían dar consejos de la que le espera. A la primera casi la han dejado fuera de su propio universo de Harry Potter —le pagan los derechos de autor solo porque no les queda otra— y la segunda ha visto como se le han cerrado no pocas puertas profesionales por ir en contra del feminismo hegemónico.

Claro que para Reyes nada de esto es cancelación. J.K Rowling es una millonaria privilegiada con muchos canales a su disposición para quejarse. Y Lucía Etxebarría puede encontrar, hoy o dentro de diez años, otro medio que quiera colaborar con ella. No hay nada malo en que las minorías parias de la Tierra, «hasta ahora silenciadas» ejerzan su presión. El argumento de que estos grupos critican y no censuran es que, según Reyes, los humoristas pueden seguir trabajando y continúan encontrando espacios. Son unos suertudos. No los cuelgan boca abajo en la plaza pública ni acaban en campos de concentración como hacían los nazis, que esos sí sabían cancelar.

Viviendo en un mundo paralelo

Leyendo las declaraciones de Joaquín Reyes da la sensación de que vive en una realidad paralela, un mundo blanco —como su humor— en el que la crítica se ejerce con serenidad y debate. De vez en cuando hay algo de ruido un poco regulero pero en líneas generales todo va bien. El humor, y las opiniones en general, solo tienen que adaptarse a los nuevos tiempos. Y el que no lo haga no es que se le censure, se le linche en las redes o se le cancele perdiendo oportunidades de trabajo o sufriendo un estrés innecesario. Solo se le critica y se le invita a tener más criterio con sus chistes. Visto así, la cultura de la cancelación es una mariconada de fachas llorones.

Reyes refleja muy bien el relato dominante de la izquierda que detesta ese concepto de la cultura de la cancelación porque se usa, habitualmente, desde la derecha y convierte en víctimas a gente que la izquierda no quiere que sean víctimas, ya que este estatus lo determinan solo ellos. Como ha dicho poco sutilmente Rebeca Solnit: «La cultura de la cancelación es una patraña, un concepto de mierda» donde se da que supuestos cancelados «escriban un artículo de opinión en el New York Times o aparezcan en la televisión nacional hablando sobre cómo se les ha silenciado». Para esta escritora que parece que no haya nacido en Connecticut sino en Malasaña: «A menudo estos son hombres blancos que suponen que nadie tiene derecho a criticarles». Solo le falta meter en la frase a Miguel Bosé y parece que lo haya dicho el propio Joaquín Reyes con peluca.

¿Qué le diría Ed Piskor a Joaquín Reyes?

El detalle de que a menudo los cancelados sean gente normal y corriente, por muy blanca que sea, que en algún momento se ha salido del tiesto de lo tolerado por el establishment es, por supuesto, un detalle menor para estos defensores a veces sí a veces no de la libertad de expresión. Eso o el canceladísimo Anónimo García —quien tendría algo que decirle a Joaquín Reyes sobre cultura de la cancelación y, de hecho, se lo ha dicho— es un líder del supremacismo blanco que disimula muy bien.

Tampoco parecía un poderoso hombre blanco el dibujante Ed Piskor, que se ha suicidado tras una campaña de cancelación que le dejó sin trabajo por unas acusaciones de acoso sexual. Nos imaginamos a Ed Piskor viendo a Joaquín Reyes decir que no existe la cultura de la cancelación con una mueca de sarcasmo en su cara. A lo mejor le respondería citando su carta de suicidio: «Fui asesinado por acosadores de internet». Reyes igual le contestaría que hay que saber encajar las críticas.

Woody Allen y Plácido Domingo nunca fueron cancelados. Circulen

Gonzalo Torné es otro referente de esa izquierda que no cree en la cultura de la cancelación, y habla, en cambio, de las «nuevas reglas del juego» y de la «emancipación de la audiencia», conceptos que suenan muy bien aunque a veces lindan con las campañas de odio de los trolls de Internet. Torné considera que no hay cultura de la cancelación si Woody Allen se queda sin editorial para publicar sus memorias ya que puede encontrar otra editorial.

La escritora Anna Mansó incide: «¿Cómo se puede hablar de una cultura de la cancelación cuando ha habido casos de hombres, blancos [qué manía con los blancos] con comportamientos delictivos, sobre todo hacia las mujeres, y no les ha sucedido nada? Woody Allen continúa haciendo películas. Plácido Domingo, cantando. En mi opinión, si estamos hablando de delitos, que un señor no vuelva a trabajar, aunque su arte sea maravilloso, me parece perfecto».

La coautora de Els pecats de la xona, Marta Pontnou, pone los dos mismos ejemplos de Mansó: «No puedes ser acusado de abusador o acosador, como Plácido Domingo, y que la gente vaya a tu espectáculo y se ponga de pie a aplaudirte. Porque detrás de ese triunfo hay alguien que se siente víctima de acoso o abuso. Otro ejemplo claro es el de Woody Allen: hay muchas versiones, pero desde mi punto de vista lo que hizo fue un abuso de poder con una persona a la que llevaba 36 años de diferencia».

Una lista de víctimas que la izquierda nunca reconocerá como víctimas

Las dos cuestionan que exista una «cultura de la cancelación» pero son dos canceladoras de manual. Ya ni siquiera hay que abrir el melón de diferenciar entre vida y obra. Es que no ha habido ninguna condena contra Plácido Domingo o Woody Allen, pero para ellas merecen el oprobio por puro prejuicio feminista. Y si uno sigue cantando —tras tener que dimitir de la Ópera de los Ángeles y suspender conciertos— y el otro pudo publicar sus memorias, denunciar a Amazon que canceló su serie y ha dirigido alguna película más —y solo en Europa tras el portazo de Hollywood— es precisamente gracias a su poder y prestigio. No llegan a tenerlo y ahora estarían enterrados profesionalmente como Carlos Vermut por un puñado de denuncias anónimas publicadas en El País.

Pero es probable que Joaquín Reyes considere que Woody Allen y Plácido Domingo solo se exponen a la justa crítica de los de abajo. Como Lucía Extebarría, Anónimo García, Pablo de Lora, Rober Bodegas, David Suárez, Itziar Ituño, Patricia Formosa y Estirando el chicle. Y Hernán Migoya, el primer cancelado en España antes de que hubiera cultura de la cancelación. E incluso Samantha Hudson, que mamó la cancelación de los talibanes del otro lado que han aprendido muy bien cómo funciona esto. Todos víctimas, en mayor o menor medida, tras campañas en medios y redes sociales que les pusieron en la picota y que no escatimaron en calumnias, insultos, amenazas e incluso demandas judiciales como consecuencia de ser señalados por los públicos emancipados.

Consejos para evitar ser cancelado

Pero Joaquín Reyes es un tunante y sabe lo que tiene que hacer para no ser víctima de la cultura de la cancelación. Tomen nota los aspirantes a humoristas o artistas de éxito: No ofender los dogmas de la izquierda, autocensurarse las veces que sea necesario —diga tener criterio que queda más elegante—, negar que existan linchamientos en las redes sociales más allá del odio de la ultraderecha y, ante cualquier colega apestado por la cancelación, decir que si, a fin de cuentas, vuelve a trabajar es que tampoco ha sido para tanto. Eso y caerle bien a la redacción feminista de El País, claro.

Reyes es tan inteligente que puede poner la guinda al pastel hablando del poder censor del Estado contraponiéndolo a la sana democratización de la opinión en las redes sociales. Y justo después referirse al programa de La Resistencia como un ejemplo de humor libre llevado al límite. Será porque preguntan a los invitados cuánto dinero tienen o cuándo follaron por última vez. Y todo esto en el momento en que Televisión Española está inmersa en un terremoto de vergüenza ajena para contratar el programa de David Broncano presionada por el gobierno socialista. Como diría el propio Reyes, la broma se cuenta sola.

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5 comentarios

  1. Es casi imposible que a Reyes se le cancele porque hace un humor blanco que no pisa callos. Pero en estos momentos que hasta lo más inocente puede ofender que se ande con ojo que cualquier día alguien alza la voz y puede sufrir la cancelación que dice que no existe. Y a ver qué hace entonces.

    1. Efectivamente, Merce. En un mundo cada vez más idiotizado e hipersensibilizado donde todo es susceptible de ofender, hasta Reyes se arriesga a una cancelación. Pero me da a mí que este es de los que pedirían perdón al instante y reconocería su “enorme error”.

    1. Los lectores de Kaplan contra la censura se caracterizan por su perspicacia, buen gusto e inteligencia. Y también por su capacidad de anticipar los artículos antes de que se publiquen 😉

      1. Ja, ja, gracias señor Kaplan. Sabía que este caso no se iba a escapar a su radar, aunque tenía mis dudas sobre si tendría prioridad el delirante momento Emma Colao en la televisión canaria…

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