Sumisión química bulo

A este verano no le falta de nada. Hasta tenemos un misterio, si hacemos caso a los titulares de los medios, que hablan de «pinchazos misteriosos». En realidad, hay una parte de misterio y tres cuartas partes de paranoia social, azuzada por esa plaga sensacionalista que se llaman medios de comunicación y por el feminismo más oportunista que intenta sacar tajada del tema. Como suelen hacer con todo lo que les pase a las mujeres de lo que puedan culpar a los hombres y a ese Patriarcado que siempre acecha. Y ahora, además, pincha.

El tema empezó el año pasado en el Reino Unido. Más de un millar de mujeres denunciaron haber recibido un pinchazo mientras estaban de fiesta por la noche (Needle Spiking) haciéndolas sentirse mareadas y aturdidas, sintiéndose algunas de ser capaces «de hacer cualquier cosa que les pidieran».

En pocos meses los pinchazos se extendieron al ocio nocturno de Francia, Bélgica o Alemania. Ahora esta desconcertante pandemia ha llegado a España, llenando páginas de periódicos y horas de televisión, convirtiéndose en el tema de moda hasta que el Rey decidió no levantarse ante el paso de la espada de Simón Bolívar que, aunque parezca increíble, es lo que más parece preocupar ahora mismo a la izquierda.

¡Sumisión química!

«Sumisión química», «drogas inoculadas», «violación», son conceptos que verá en casi cada información. No sobre la espada de Simón Bolívar, aunque tampoco nos extrañaría nada, sino sobre los misteriosos pinchazos. En realidad, los llaman «misteriosos» porque no se sabe nada de ellos, ni quién los hace ni cómo ni para qué, o si es que existen realmente.

De las 60 denuncias existentes hasta la fecha en nuestro país, no se ha descubierto ninguna sustancia en los cuerpos de las supuestamente afectadas, y algunas veces ni siquiera marca. Solo en un caso concreto se encontró éxtasis líquido (MDMA) en la sangre de una chica de trece años, que finalmente resultó ser un falso positivo.

Pero no solo no se encuentra rastro de droga alguna. En ningún caso ha habido agresiones sexuales. Por no haber no hay ni robos. Son pinchazos químicos sin móvil aparente. Y tiene su lógica si tenemos en cuenta el contexto en que suceden. Los pinchazos los denuncian mujeres que están en grupo y que en cuanto notan algo pueden avisar a sus amigos. Imagine que es usted un tipo abyecto que se dedica a inyectar drogas a las mujeres en las discotecas para hacerles cosas muy feas. ¿Por qué elegiría a las que no están solas y que pueden pedir ayuda en cuanto se encuentren mal? Sería usted, aparte de muy mala gente, un torpe de narices. Pues eso es lo que sucede en casi todos los casos.

Pinchazos no tan misteriosos

Esas dudas razonables se extienden a las más de 2.000 denuncias en países europeos donde tampoco se han encontrado sustancias y no hay móvil en las supuestas agresiones. Teniendo en cuenta estas peculiaridades, los pinchazos misteriosos tienen todas las papeletas para explicarse más por la gamberrada, la sugestión, la histeria o el afán de notoriedad (muchas de esas denuncias se realizan a través de las redes sociales, ese lugar donde se cuentan historias que nadie demuestra pero que reciben miles de likes). Pero, claro, eso sería si aplicáramos el sentido común y el sano escepticismo. Y pedirle eso a nuestra época es como pedirle a Eduardo Inda que no se invente las noticias.

Solo un par de ejemplos bastan para ilustrar el nivel de sensacionalismo mediático alcanzado por el tema.

Sin rastro de sumisión química

«Europa suma más de 2.000 pinchazos a mujeres en discotecas», titula el diario Público. Por supuesto, no se duda de la palabra o de ninguna de las mujeres atacadas. Todo lo más habrá un 0,01% de pinchazos falsos. El propio artículo tiene que reconocer que no hay agresiones sexuales, no se han encontrado sustancias ni se ha detenido a nadie implicado en el tema. ¿Ninguna cámara de seguridad ha grabado nada en los dos mil casos? Ya es mala suerte.

Para que la cosa suene a algo más que una milonga asustaviejas, el reportaje tiene que recurrir a un tarado en Estados Unidos que fue condenado a diez años de cárcel por inyectar su semen con una jeringuilla a una mujer que salía de un supermercado. Algo que no tiene nada que ver con los pinchazos vinculados al ocio nocturno, pero oiga, si cuela, cuela.

Y el otro ejemplo:

«Sanidad confirma tres pinchazos químicos en el Arenal Sound y eleva a siete los casos en Castellón». Una noticia muy representativa del desastre informativo que da cuenta de estos hechos, en este caso en El Mundo. Si uno lee el artículo más allá del titular no solo se encontrará una redacción confusa con los pinchazos misteriosos (tres, cuatro, siete…) sino que, además, ninguno de ellos está confirmado ni por Sanidad ni por el maestro armero. De hecho, el único que sí aparece realmente confirmado se debe a la picadura de una abeja, algo que la noticia comenta de pasada, casi sin querer.

Por cierto, ya se ha confirmado otra picadura de insecto. De momento, bichos 2 – sumisión química 0.

Energy Control frente al desastre mediático

El sensacionalismo desinformativo no conoce límites. Las televisiones y periódicos dan cobertura a cualquiera que haya notado pinchazos misteriosos. Aunque haya sido hace diez años o sea el ex marido de una antigua diva de la canción que, desde el olvido, busca cinco minutos más de atención. Que serán dos y medio porque es hombre.

En medio de la histeria colectiva hay quienes intentan aportar un poco de cabeza. Es el caso de Energy Control, un proyecto sobre consumo de sustancias y reducción de riesgos de la ONG ABD, que ha escrito un comunicado para despejar dudas.

Y lo primero que dicen es que no es nada fácil inocular drogas a través de un pinchazo de apenas dos segundos en una discoteca. El comunicado explica lo que es la sumisión química de toda la vida: aprovecharse de alguien que consume sustancias o proporcionárselas adrede para aprovecharse, desde el alcohol a la escopolamina (burundanga), pero no les parece que este sea el caso. Finalmente, Energy Control apunta:

Por lo tanto, existen dudas fundadas sobre la utilización del método del pinchazo para cometer delitos sexuales y se abre la puerta a considerar otras hipótesis. La rápida extensión del fenómeno en Europa, hasta llegar a España, puede explicarse por un efecto de «imitación», a consecuencia de la amplia cobertura que reciben estos hechos, tanto en medios de comunicación como en redes sociales.

Ni que decir tiene que esta parte del comunicado donde se acusa a los medios de crear un efecto llamada es la que menos le ha interesado a los periodistas y a los expertos que llevan a sus programas.

¿A quién benefician los pinchazos?

Llegados aquí nos podemos hacer la clásica pregunta: cui prodest. De entrada, los pinchazos misteriosos no benefician a los agresores sexuales porque, hasta el momento, no los hay. Pero sí beneficia a colectivos y partidos políticos feministas (casi todos) que ya tienen otro motivo para sembrar el terror entre las mujeres. Lo hacen continuamente. Un par de años atrás eran las manadas de violadores e incluso hubo un día del violador que resultó ser un bulo como el del culo y que, como en aquel caso, los medios dieron por bueno antes de tener que desmentirlo. Está claro que cuanto más miedo sientan las mujeres, más necesario seguirá siendo el feminismo, los millones de euros de dinero público que gasta todos los años y las miles de personas que viven de él.

Más Madrid, uno de los partidos que aspira a levantarse sobre las cenizas de Podemos, ya ha pedido un «protocolo especial» para actuar contra los pinchazos ante, aseguran, «el aumento de casos de sumisión química a mujeres» (no ha habido ni uno). La consellera de Igualdad y Feminismos de la Generalitat de Cataluña no ha descartado que se registren a los hombres a la entrada de las discotecas en busca de artefactos pinchantes. Muy constitucional no suena, para qué vamos a engañarnos pero, claro, lo dicen los mismos que decidieron montar un referéndum ilegal y proclamaron la república catalana durante siete apasionantes segundos.

Estamos salvadas: el Ministerio de Igualdad toma cartas en el asunto

La ministra de Igualdad, Irene Montero, sí, la del cartel del verano, también se ha preocupado mucho por la epidemia de pinchazos misteriosos. Publicó un hilo en Twitter anunciando la puesta en marcha de un acuerdo con los locales de ocio nocturno contra la que calificó de «violencia sexual». El acuerdo se las trae.

Imaginemos a Laura. Está bailando despreocupada en la discoteca cuando siente algo en el muslo, como la picadura de un insecto. Sabe que tiene pocos minutos. ¿Pide ayuda a sus amigas que las tiene al lado? No. Que la ministra que dio permiso a las gordas para ir a la playa dice que hay un protocolo para protegerla. Laura acude al baño notando los primeros síntomas de la sumisión química, con ganas de ponerse de rodillas delante del primer tío bueno que se lo pida. En el baño encuentra un código QR que tiene que escanear para poder leer la Guía del Punto Violeta. Lo hace con mano temblorosa y entre sudores fríos. Le aparecen las 63 páginas de la guía. En once idiomas incluido el árabe, viva la diversidad lingüística.

Con la droga avanzando implacable por su organismo, la pobre muchacha da gracias a que al menos la letra de la guía es grande, así se le hace más fácil leerla a medida que se le vuelve borrosa la vista. Finalmente, cae en redondo justo después de leer este párrafo:

¿Estás en un supermercado, una farmacia, una tienda, en un bar o en una discoteca, por ejemplo? Pide ayuda a otras personas que se encuentren en el lugar. Arropad a la víctima. Preguntadle qué necesita, respetando sus ritmos y sus decisiones. Valorad si es necesario llamar a los servicios de emergencias, la policía y/o Guardia Civil. Puedes avisar a la persona encargada, cuéntale lo que sucede y conjuntamente, manteniendo la calma, acompañad a la víctima en lo que necesite.

Gracias, Irene, piensa Laura antes de perder el sentido. Nunca se le habría pasado por la cabeza nada de eso si no lo llega a poner la Guía del Punto Violeta.

Por suerte, este relato es una ficción dramatizada, y si Laura se desmaya en el baño de la discoteca es más probable que se deba al exceso de copas que se ha metido entre pecho y espalda que a un pinchazo químico.

Grupos de hombres organizados

De alguien que ha escrito un libro que se llama Microfísica sexista del poder uno puede esperar grandes cosas. Y Nerea Barjola no defrauda. «El fenómeno de los pinchazos nos permite pensar que hay un movimiento de hombres organizados», asegura sin despeinarse esta doctora en feminismos y género.

Y ojo con llevarle la contraria. Afirma que hay que «omitir las hipótesis de esos expertos en drogas e investigadores de los cuerpos de seguridad que nos despolitizan. Ya tenemos la palabra de las compañeras: están siendo pinchadas». ¿Pruebas? ¿Testigos? ¿Investigaciones policiales? Menudencias machistas que despolitizan a las mujeres. Solo vale lo que digan las compañeras. Y si lo dicen en Twitter aún mejor.

Las soluciones que aporta Barjola no son menos iluminadoras: «Son ellos los que no deberían tomar el espacio público a partir de cierta hora debido al terror sexual que generan». La consejera de la Generalitat quiere registrar a todos los hombres. Esta directamente nos dejaría en casa. Y sin encadenar si nos portamos bien.

No hay sumisión química pero da igual: es terror machista

Lo cierto es que a medida que pasan los días lo de la sumisión química cada vez tiene menos chicha y hasta las feministas se han dado cuenta. Por eso ya empiezan a decir que eso, con lo que llevan diez días dando la lata, da igual, y que lo importante es que es un «delito de lesiones con agravante de género», en palabras de la ministra socialista de Justicia, Pilar Llop.

El auténtico móvil parece ser ahora generar terror y echar a las mujeres del espacio público. Lo dice la ministra y la angelita de antes que no quiere que los hombres salgan de casa. Es el nuevo mantra oficial sobre los pinchazos misteriosos. Se hacen para joder a las mujeres. Lo de la sumisión química, aunque no hubiera sumisión química, tenía más sentido.

La mente masculina será básica pero no idiota

En realidad, con esto las feministas están demostrando no tener mucha idea de cómo funciona la mente masculina. Ningún hombre con dos dedos de frente que sale de noche quiere echar a las mujeres de las discotecas. Quiere que las llenen. Que se lo pasen bien y se desinhiban, tomando lo que ellas crean conveniente (y si invitan mejor). Para ver si hay suerte y ligan con ellos y vuelven a casa, borrachas o no, pero no solas.

Pero explíquele esto a una lesbiana política o a cualquier creyente de la congregación morada. Es más fácil entrar en razón con un nazi puesto hasta las trancas de Pervitin. Que se lo digan al Xocas, al que le montaron una buena por un comentario que, según las feministas, fomentaba la violación de mujeres borrachas. De hecho, seguro que él es el cabecilla de la banda organizada de señoros que pinchan a las mujeres. Misterio resuelto.

Compartir:

4 comentarios

  1. Ya lo dije en su momento, esto me huele a paranoia y a ganas de casito. El nuevo bulo del culo. Es sospechoso que después de tantos supuestos pinchazos no se haya detectado nada. Vamos, una sumisión química sin sumisión y sin química. Dos semanas de vida le doy a esta historia.

  2. Hola Señor Kaplan, que surrealista esta historia, jaja. Como si un violador necesitara drogar a las mujeres para cometer su delito, total después tiene todo un séquito de abogados que se pelean por defenderlo y hasta las mismas feministas lo defienden. O se considera mujer así lo envían a una cárcel de mujeres. No tardará en llegar aquí también esta paranoia.

    1. La mayoría de polémicas de este estilo no pasan el más elemental filtro del sentido común, amigo Lisandro. Por eso solo triunfan entre esta banda de posmodernos políticamente correctos, porque no aplican nunca el sentido común, sólo su ideología cargada de prejuicios. Y así van de esperpento en esperpento.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.