Tokio 2020

Kaplan contra la censura se alimenta de la actualidad. La devora allá donde se encuentre el abuso de la corrección política y de las ideologías identitarias y globalistas. Esas que sus defensores dicen que son la evolución que nos está convirtiendo en mejores personas. La misma falacia que está detrás de frases como que el feminismo es lo de la RAE o que el Black Lives Matter solo quiere dignidad para las personas negras. O que el comunismo es válido pero no se ha aplicado bien. Que esto del progreso que nos hace mejores es una sandez como la casi milenaria catedral de Burgos lo demuestra el hecho de que las buenas personas no dudan en comportarse como una jauría delante del objetivo adecuado. Solo hay que fijarse en la continuación del affaire Simone Biles protagonizado por el malvado Novak Djokovic.

El mundo del progresismo se conmovió — y nos intentó conmover a toda costa— con el abandono de la gimnasta Simone Biles, poniéndola como ejemplo de la importancia de velar por la salud mental. La heroica víctima superviviente del #MeToo, defensora del BLM y acérrima opositora de Trump tenía que ser referente sí o sí. Criticarla, juzgarla o sencillamente decir que largarse en plena competición no era ejemplo de nada se consideraba algo propio de malas personas. Y los que tuvieron la osadía de insinuar que podía haber un problema de dopaje de por medio merecían la hoguera. Sabiendo lo que hay si te sales del tiesto, el mundo del deporte se solidarizó automáticamente con la pobre Biles, incluyendo a Nadia Comaneci que se debió de morder la lengua recordando lo que tuvo que aguantar sin rechistar en la época de Ceaucescu.

Novak Djokovic, como siempre, a su bola

Una de las pocas voces disonantes fue la de Novak Djokovic, actual número uno del tenis mundial, polémico por ir siempre por libre para bien o para mal, lo cual siempre es incómodo en estos tiempos. Refiriéndose exclusivamente a él, dijo que “la presión era un privilegio” y que había que aprender a lidiar con ella. La prensa interpretó su comentario como una crítica directa hacia Simone Biles, erróneamente porque nunca se le preguntó sobre ella. Pero ‘Nole’ no fue “correcto”, no dijo lo que se esperaba en plena tormenta solidaria con la gimnasta estadounidense, y nadie recordó que, cuando Naomi Osaka se fue de Roland Garros también por motivos de salud mental, Dkojovic sí le mostró todo su apoyo.

El problema añadido del tenista serbio, aparte de que no suela caer demasiado simpático, es que no tiene ninguno de los escudos que te pueden proteger de las iras progresistas: ser mujer, negro, LGTBI o inmigrante. Estaba claro que si a ‘Nole’ las cosas no le iban bien en los Juegos ya se podía ir preparando, porque las buenas personas que se emocionaron con Simone Biles le habían cogido la matrícula y le esperaban con el colmillo goteando.

La victoria de Pablo Carreño abre la veda de ‘Nole’

Djokovic llegó también a Tokio con la etiqueta de favorito después de haber ganado Wimbledon, Roland Garros y el Open de Australia el mismo año. Pero Zverev le derrotó a las puertas del oro. ‘Nole’ lo encajó con elegancia y se dispuso a ir por el bronce un día después frente a nuestro Pablo Carreño. Pero el asturiano lo tumbó en un gran partido y el serbio acabó desquiciado y destrozando la raqueta. Tras el encuentro anunció que no jugaría los dobles mixtos por el bronce, en teoría por una lesión en el hombro, y se derrumbó: “No vine fresco a los Juegos, eso es lo primero, y luego todo lo que me pasó estos días me dejó exhausto. Vine agotado emocionalmente, pero motivado, con las ganas de traer una medalla a mi país (…) No sé qué decir”, declaró poco antes de irse al borde de las lágrimas.

Y en ese momento se levantó la veda del hombre blanco Djokovic. Fueron los mismos que disculparon, aplaudieron y se hartaron de pedir empatía para la mujer negra Biles. Las redes sociales se llenaron de tuits y memes haciendo escarnio del serbio y de su forma de “gestionar la presión”. Los medios de comunicación que consideraron la renuncia de la gimnasta un ejemplo para el deporte lo vieron ahora de forma ligeramente diferente: “Djokovic deja tirada a Nina Stojanovic” (Marca), “Vergüenza Djokovic” (El Nacional.cat), “Novak Djokovic, el deportista más críticado de los Juegos Olímpicos” (RTVE). La máxima del buen periodista: ser un tirador franco y no un francotirador se cumplió, pero al revés.

La izquierda justa y buena va a degüello

Algunos políticos de izquierdas no desaprovecharon la oportunidad de lanzarse contra el tipo que les había echado por tierra su postura bienqueda de la salud mental (olvidándose de felicitar a Pablo Carreño, que se ve que era lo de menos). Gabriel Rufián escribió: “Pues para saber gestionar la presión tan bien y disfrutar de ese privilegio tanto, Djokovic ha ganado la mismas medallas que Simone Biles”. Pablo Echenique, otro referente del lado menos normal de Twitter, también se lució: “Lo de Djokovic perdiendo los estribos se veía venir. Muchas veces, el comportamiento matonil proviene de una inseguridad propia severa mal gestionada. Gente que acepta para sí las sobreexigencias del sistema, no puede con ellas y lo paga con los demás para proteger un ego frágil”. Solo le faltó adjuntar al tuit un anuncio del taller de nuevas masculinidades de Ada Colau.

Algunos ilustres progres mediáticos, como la otrora divertida actriz Anabel Alonso o el periodista de Buenismo Bien Quique Peinado se sumaron al cachondeo contra el tenista serbio. “No pudo con la presión Djokovic. Pobre”, se descojonó Peinado, con cientos de comentarios riéndole la gracia. Absolutamente todos los comentarios despectivos y chistes hubieran sido imposibles de hacer referidos a Simone Biles y pobre del que se hubiera atrevido. Lo cual nos demuestra, una vez más, que cierta izquierda solo entiende la tolerancia y el respeto en un sentido. Y que salirse del guion, aunque sea por una malintencionada interpretación de los medios —recordemos: Djokovic nunca se refirió a Biles en sus declaraciones— recibirá el oprobio de los justos de la moral.

Dobles raseros para una película de buenos y malos

Tanto la gimnasta como el tenista sucumbieron ante sus limitaciones, cada uno por diferentes motivos y desde luego sin dar ejemplo deportivo de nada. Pero una ha sido la “buena”, reconocida como un símbolo, y el otro el “malo”, víctima inmisericorde de las burlas. Aunque técnicamente hicieron cosas parecidas, hubo matices: Biles se fue durante una final olímpica, Djokovic renunció a un partido por el tercer puesto. La gimnasta no quiso ni competir, el tenista rompió una raqueta, frustrado, mientras jugaba. Ella solo habló de su “salud mental”, ‘Nole’ casi llora por no haber dado la talla por su país. Detalles que no se han tenido en cuenta para articular un relato honesto en vez de aplicar un doble rasero maniqueo y simplista.

Cuando la turba ha decidido que vas a caer en desgracia estás perdido. Djokovic, además, se lo puso muy fácil haciendo una espantosa recta final en los Juegos. Con la inestimable ayuda de las buenas personas de las redes sociales y de los neutrales medios de comunicación, ha acabado más machacado que su raqueta. Mientras, en un giro sorprendente de los acontecimientos, Simone Biles, cual moderna y negra Juana de Arco, ha superado milagrosamente su ansiedad y anuncia que optará a una medalla de oro, salvo nuevo cambio de idea.

Los medios vuelven a aplaudirla sin cuestionar esa repentina recuperación —dudar de una heroína como Biles sería considerado una muestra de machismo y racismo— y solo hablan de un “ave fénix que resurge de sus cenizas”. Un ave fénix que se ha purificado y ha expulsado todo el veneno (guiño guiño) justo a tiempo para la última final. Gane o pierda tiene la gloria asegurada, por no mencionar el aplaudido, emocionante, inspirador –ponga el epíteto que prefiera— discurso que se va a marcar luego. Va a ser precioso. Y cuando Netflix haga la película, aún más.















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6 comentarios

  1. Estupenda continuación del artículo anterior. Pero algo me dice que la explicación real de Djokovic sobre la presión pasará desapercibida en los medios y en Twitter. Que sí, que se fue de los Juegos de mala manera, pero tal vez no se mereciera el machaque a que fue sometido por no plegarse a la corrección de adorar al nuevo símbolo de la salud mental .

    1. Gracias, Merce 🙂 Es justo ese doble rasero lo que incomoda. Una es una diosa y el otro un demonio por no hacer lo que se supone que es políticamente correcto. Todo un aviso a navegantes de lo que nos espera.

  2. Hola Señor Kaplan, esto es lo mismo que le comenté en la publicación anterior: Si el que abandonaba la competición hubiera sido varón, blanco y heterosexual, le hubieran llovido los insultos por doquier. Ni que hubiera adivinado el futuro, ja, ja, ja, ja.

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