¡Tetas! ¡Por fin un artículo de altura en la blogosfera! No se nos emocione, lector libertino y sicalíptico. Si busca tributos mamarios puede echarle un ojo a El feminismo no quiere tetas o a nuestros particulares homenajes a Sydney Sweeney, Katy Perry y Jane Russell, que cinco años de Kaplan contra la censura han dado para unos cuantos dos de pecho. Pero en este caso, el generoso busto que comparten las dos protagonistas de nuestra historia solo es un vil clickbait, el hilo conductor para hablar de dos mujeres, una víctima involuntaria del feminismo por creérselo demasiado, y otra que le sabe sacar muy buen partido haciéndose la víctima. El Ying y el Yang de las tetonas feministas: Elisa Mouliaá y Sarah Santaolalla.
De Elisa Mouliaá ya hemos hablado. Su turbio encontronazo con Íñigo Errejón acabó tres años después en una denuncia por agresión sexual que, si hacemos caso a lo que llevaba perorando el hasta entonces portavoz de Sumar, tenía que ser por fuerza verdadera («No hay denuncias falsas, hay una derecha fanática cuyo trabajo es criminalizar a las mujeres»). En el momento en el que se convirtió en protagonista, el aliade feminista que empoderaba a las mujeres en noches locas de alcohol, coca y sexo rudo le vio las orejas al lobo en forma de cuatro años de cárcel y se le quitó la tontería de golpe.
El instructor cree a Mouliáa pero la Fiscalía no
Pese a las protestas de las feministas, el juez instructor, que interrogó a Mouliaá como a una adulta que podía enviar a una persona a prisión —«¿Le bajó las bragas? ¿Cuántas veces le tocó las tetas?»— y no como a la niña entre algodones que les habría gustado a las de la secta morada (que llegaron a considerar al juez un ejemplo de machismo en la judicatura), lo cierto es que su señoría creyó a la actriz y mandó a Errejón al banquillo. Curiosamente, lo hizo contra el criterio de la Fiscalía que pidió la absolución del político por creer que hubo consentimiento. La misma Fiscalía que ha ido hasta el final con Rubiales y que ha recurrido la sentencia absolutoria de Dani Alves por considerarla «cruel con la víctima» renegaba de sus principios y dudaba de una mujer. Raro, raro, raro que diría Papuchi.
La situación ha acabado superando a Elisa Mouliaá que se ha portado con la delicadeza de un elefante suelto en una cacharrería, desatada sin control en Twitter. A los que la han llamado loca, ha respondido que tiene estrés postraumático; a los que han dudado de su versión se la ha explicado con todo lujo de detalles —«Que te metan la lengua hasta la campanilla en un ascensor, te encierren en una habitación y te toquen por todos lados, te laman, te humillen y se saquen el nabo en tu cara…»—, y se ha enfrentado a cara de perro a sus haters, que le han salido por cientos, claro, que por algo Twitter es el paraíso del buen rollo.
Elisa y Twitter, una relación fatal
Pocas veces se ha visto a alguien tan expuesto en las redes sociales como a esta mujer, que ha convertido su cuenta de X en un espejo sin filtros de su montaña rusa emocional y de los vaivenes de su proceso. Entre continuas alusiones a su CI de 118 cuando la llaman lerda o retrasada, a la numerología –el día que denunció a Errejón vio dos motos con matrículas idénticas que sumaban 7, y el peligro de los chemtrails, ha respondido prácticamente a todo el mundo que la ha interpelado o mencionado, bajando al barro hasta pringarse entera y demostrando un enganche a las redes sociales que deja a Óscar Puente convertido en aprendiz. De su colección de highlights nos quedamos con su descubrimiento de que las respuestas que daba públicamente no eran mensajes privados y que las podía leer hasta el Tato, empezando por sus 52.000 seguidores. Ten 118 de CI para esto.
Y aunque en nuestro anterior artículo insinuamos que la actriz podía ser una aprovechada que solo buscaba beneficiarse, verla una y otra vez hecha jirones lanzándose contra las rocas de X, deseando que ojalá alguien que la quiera le estrelle el móvil contra la pared, nos hace pensar que Mouliaá se cree todo lo que suelta por esa boquita. Igual que se creyó que Errejón quería quedar con ella porque la veía una mujer súper inteligente y que la metía en una habitación para seducirla con encanto, se ha creído el discurso feminista de la izquierda. Y, convencida de que había tenido no una mala cita sino una agresión, decidió poner su granito de arena en la lucha contra el Patriarcado, que los hombres somos muy malos. Que por algo en La Sexta nos equiparan a todos con Jeffrey Epstein.
Sola frente a su relato
Pero el problema con el que no contaba Mouliaá es que ese feminismo institucional que se preocupa por las mujeres no existe. No les interesa protegerlas sino utilizarlas selectivamente en función de su agenda política. Les vino bien protestar contra la instrucción del juez Carretero porque les convenía para hablar de la justicia patriarcal, pero les interesa bastante menos un juicio hasta las últimas consecuencias contra Errejón, en el fondo uno de los suyos, cuya escandalosa vida privada —al niño dicen que le ha salido otra denuncia por violación— fue tapada durante años en su propio partido, el más feminista del mundo mundial.
Así, Mouliaá se ha acabado encontrando sola ante el peligro, defendiendo su relato a capa y espada sin apoyo de las grandes figuras feministas, que la miran de reojo y que ni han protestado que la Fiscalía pida el archivo ni se han manifestado contra la avalancha virtual que recibe a diario y que podrían haber vendido perfectamente como una muestra de misoginia en las redes. A Elisa Mouliaá, Íñigo Errejón le salió rana. Y el feminismo político también. Una pena que los números cabalísticos no se lo advirtieran.
La meteórica Sarah Santaolalla: de «la chupo» a ‘Mañaneros’
Nuestra segunda tetona es el polo opuesto, uno de esos fenómenos mediáticos que sería inexplicable en un mundo normal. En sus inicios tuiteros, Sarah Santaolalla tenía una particular obsesión fálica que proclamaba a los cuatro vientos («La chupo») dando muestras de un arrebatado lirismo refranero («Donde caben dos pollas caben tres», «A Dios rogando y la polla chupando») lo que, unido a sus dos talentos naturales, igual ayudó a llamar la atención de su futura pareja, Javier Ruiz, ilustre miembro de la Sincronizada sanchista, sin cuyo apoyo seguramente a Santaolalla le habría pasado lo mismo que a Irene Montero sin Pablo Iglesias.
La controvertida tertuliana comenzó su andadura profesional en 7NN, un canal que aspiraba a ser La Sexta de derechas y que duró menos que la honradez a un político. Luego pasó a Canal Red pero se le quedó pequeño y dio el salto a Cuatro participando como analista política en los programas de Mediaset En boca de todos y Todo es mentira, que ha simultaneado con el Mañaneros de su churri y las Malas Lenguas de Cintora en RTVE. Vamos, que está hasta en la sopa.
Abonada a la polémica y a los ataques a la derecha
Declarada progresista y feminista de las de ahora, Sarah Santaolalla se dedica básicamente a llevarle la contraria a todo aquel que critique al gobierno haciendo de portavoz de las posturas oficiales, opinando en modo sabelotodo de lo que sea menester con una elegancia y un saber estar propio de una choni arrabalera en una despedida de solteros borrachos. Llamó «idiotas» a los seguidores del Partido Popular y de Vox y «Mondongo» al activista de derechas Bertrand NDongo. Tuvo un enfrentamiento épico cuando Macarena Olona se refirió a ella como una de las «concubinas mediáticas y mamporreros del poder». El «basura fascista» que le espetó Santaolalla en directo no auguró precisamente el inicio de una hermosa amistad.
La muchacha conoce bien cómo funcionan las redes sociales — lo que no se puede decir de Elisa Mouliaá—, y ha sabido aprovechar cada incidente para victimizarse a un nivel que solo supera Vinicius, otro especialista en provocar, generar mal rollo y luego llorar por las esquinas.
Posó en X como una conejita Playboy con una camiseta con los supuestos muertos de Ayuso y se quejó del hate que le vino como respuesta. Unas extrañas pintadas en la tumba de las 13 Rosas, vandalizada lo justo para no estropear el monumento, amenazando de muerte a la tertuliana llegaron hasta el presidente del gobierno que, obviamente, se solidarizó con ella. Todo esto, junto con su estilo macarra y faltón contra la ultraderecha everywhere —especialmente Vito Quiles, su némesis facha— la han convertido en un ídolo para la izquierda. Lo que tampoco tiene mucho mérito porque la izquierda tiene como ídolos a gente como Bob Pop o Cristina Fallarás.
La maravillosa señora Santaolalla
A la ácida Rosa Belmonte no se le ocurrió otra cosa que referirse a Sarah Santaolalla jocosamente en El hormiguero, sin nombrarla, diciendo que era «mitad tonta, mitad tetas» haciendo un guiño a La maravillosa señora Maisel. Para guiños estaba el horno. Vinicius Santaolalla no tardó en saltar: «Anoche en un programa familiar fui humillada nuevamente por mi aspecto físico. No fue en un callejón, fue en la tele. No eran hormigas, eran ratas». A la señora no se le puede decir ni mu, pero ella sí puede llamar ratas a quien le dé la gana.
A uno le gustaría pensar que el sentido común se habría impuesto, y más en un programa como El hormiguero que se llena la boca con la libertad de expresión, pero la corrección política manda y hoy en día que te llamen machista es peor a que te llamen nazi comeniños. Pablo Motos pidió perdón, Rosa Belmonte pidió perdón y hasta Nuria Roca tachó el comentario de «aberración» y «humillación» intentando disculpar a su marido que —cómo se atreve— había sonreído un poco al oírlo. Por supuesto, Sarah Santaolalla olió la sangre de los arrepentiditos y no le sirvieron las excusas que se hicieron también sin mencionarla directamente y que a la ofendidísima le sonaron demasiado vagas: «No pidas perdón a quien hayas ofendido —escribió toda dramática—, pídemelo a mí. Tengo nombre y apellidos… y dignidad».
«Esto sobrepasa los límites»
Lo mejor de este nuevo episodio de Dramas posmodernos del siglo XXI es que Sarah Santaolalla se dio por aludida porque se habló de tetas y da la sensación de que le importó más eso a que la llamaran tonta. Lo mismo pasó con la lluvia de reacciones de apoyo progre que recibió: «Insoportable» (Pilar Alegría que, aunque lo pareciera, no se refería a su resultado electoral en Aragón). «Esto sobrepasa los límites» (Reyes Maroto), «Repugnante machismo» (Rita Maestre), «Ni un paso atrás. Esta violencia verbal es contra todas las mujeres» (María Guerra), o la espectacular parrafada de Óscar Puente sobre una especie de contubernio ultraderechista para acabar con ese soplo de libertad que representa Sarah Santaolalla y que no nos resistimos a reproducir por su interés psiquiátrico:
Van a hacer con ella lo que hacen con cualquiera al que consideran un estorbo para su proyecto totalitario. La van a vejar, insultar, acosar, maltratar, demonizar, animalizar, con el único propósito de que tire la toalla. Es lo que llevan haciendo más de 3 años. Tienen que dejar claro que quien se atreva, como ella, a no pensar u opinar en la línea que a ellos les interesa, será sometido a la misma tortura. Esto lo hacen sin que sus posiciones sean mayoritarias ni hayan alcanzado el poder. La pregunta es a dónde serán capaces de llegar si consiguen alcanzarlo.
Vamos, que eso que denuncia el ministro de Twitter y Movilidad Sostenible es lo que hacen ellos siempre que alguien se sale del tiesto progre. Y si no que le pregunten a Juanma Bajo Ulloa que se atrevió a criticar el sistema de subvenciones del cine español con el megaultrafascista de Iker Jiménez y lo han crucificado. O a Rebeca Crespo, víctima de una campaña de acoso y derribo con IA por oponerse al burka y al nikab.
Tiran más dos tetas que un DAO
Diez días después del acto repugnante que sobrepasaba todos los límites, supimos que una agente de policía había denunciado al Director Adjunto Operativo de la Policía Nacional, mano derecha de Marlaska, por violación. Los detalles del caso sonaban fatal y más cuando se conoció que el ministro destituía al mando policial pero, de tapadillo, lo jubilaba con honores, manteniendo sus condecoraciones y con un sobresueldo vitalicio que se sumaba a su pensión de más de 4.000 euros. Según Pedro Sánchez, Marlaska había actuado «con contundencia» y con «total apoyo a la víctima», que continúa de baja y, según su abogado, está aterrada, así que imaginen la contundencia y el apoyo.
Ni Óscar Puente, PIlar Alegría, Reyes Maroto o La Script de La Ser, tan sensibles ellos a los repugnantes ataques machistas de El Hormiguero, han tenido tiempo de escribir un tuit ante esta situación que se envenena por momentos y que nos parece a priori bastante más grave que el chascarrillo de Rosa Belmonte sobre Sarah Santaolalla. Está claro: tiran más dos tetas feministas que una posible agresión sexual de un DAO del sanchismo.
La verdad es que la Mouliaá empieza a darme un poco de pena. Está un poco desnortada y se va a hacer daño. La otra es una choni que la mayoría de las veces se busca todo lo que le cae. Tengo una teoría muy loca: viendo todas estas historias parece que la mayoría de tetonas son grandes red flags. 😂😂
Jajaja me parece una gran teoría. Con Sydney Sweeney siendo la excepción, claro.
Con el tema de la numerologia, los chemtrails y la crítica a la fiscalia de peramato…..¿Me está empezando a pasar con Mouliaa, lo que me pasó con el comisario Villarejo, que me está empezando a caer bien? Saludos.
Desde luego, entre Elisa y la Santaolalla me quedo con la primera. Además, me ha comentado en Twitter cuando posteé el artículo, todo un detalle aunque no creo que se lo haya leído xD
¿Mola la perfomance de sarah- brazo en cabestrillo- santaolalla denunciando una presunta agresion de vito quiles? Saludos.
Eso merece toda una entrada, desde luego 😉 Saludos.
Magnifica entrada. Saludos
Muchas gracias a usted por leerla y comentarla. ¡Saludos!