Marqueses Galapagar

Un día de otoño triste y silencioso, cuando las nubes colgaban bajas y pesadas en el cielo amenazando tormenta, crucé una región singularmente lúgubre de Madrid. Y, al fin, al acercarse la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Galapagar. Había conocido tiempos mejores, lo que saltaba a la vista con su descuidada fachada, pero aún imponía, sobrecogedora recortada contra el horizonte del crepúsculo. Miré el móvil y volví a leer el mensaje del marqués: “Eres mi última esperanza. Ven cuanto antes, amigo mío”. La verdad es que no era su amigo pero cualquier excusa era buena para saltarse el confinamiento, así que allí estaba, golpeando contra la puerta de roble la pesada aldaba rematada con la cara de un demonio, sospechosamente parecido a Echenique.

La puerta se abrió lastimosamente y apareció Pablo Iglesias, marqués de Galapagar. Estaba demacrado, cabizbajo, peculiarmente abatido, como si una sombra siniestra flotara a su alrededor. Me hizo pasar con gesto apresurado y él mismo me ayudó a quitarme el abrigo.

—En otra época teníamos criados —se disculpó— pero se negaron a seguir siendo explotados por la casta y se fueron. Les intenté explicar que nosotros no éramos casta pero no hubo nada que hacer. Esos eran más listos que los que nos votan.

—¿Y la marquesa? —Pregunté mientras me acomodaba al lado de la chimenea para entrar en calor.

Ella… —el marqués miró detrás de él como si algo le asustara— vendrá a la hora de la cena.

—Le veo inquieto. ¿Qué le preocupa? Junto con los socialistas han conseguido que haya estado de alarma durante seis meses para hacer y deshacer a su gusto, han aprobado su propuesta para censurar los mensajes que no le gusten en las redes sociales, han despertado el guerracivilismo y tiene al Partido Popular domesticado como un perrito faldero. La vida le sonríe. A la democracia en España no, pero a usted sí.

Ella… —volvió a decir enigmáticamente. Yo continuaba perdido.

—¿Ella? ¿Mariló Montero? ¿Ha conseguido azotarla hasta sangrar?

Pablo Iglesias negó con la cabeza. Y allí, en la intimidad del salón a media luz, mientras se desataba en el exterior una violenta tormenta, me narró la terrible historia que le atemorizaba y que aún hoy, al evocarla pasados los años junto a los acontecimientos posteriores de aquella noche, cuesta creer que todo ocurriera tal y como pasó.

Desde que nos trasladamos a la mansión de Galapagar, Irene tenía la ilusión de un ministerio de Igualdad. En el partido nunca nos habíamos tomado muy en serio eso del feminismo, pero ella me convenció de que era el futuro, de que conseguiríamos muchos votos si le daba ese ministerio con el que soñaba desde que era cajera de supermercado y le reía los chistes a los tipos que le miraban el culo. Y le concedí el capricho en cuanto me nombraron vicepresidente. Un funesto error por el que sé que algún día pagaré.

Al principio todo siguió como siempre. Que si preparar las manifestaciones del 8M, que si vamos a criticar un poco al patriarcado, que si tenemos que financiar más asociaciones feministas, que si el aire acondicionado es machista… Pero poco a poco empecé a percibir cambios en el carácter antaño jovial de mi mujer. La sorprendía a menudo hablando sola en lenguaje inclusivo con la voz de Sonia Vivas. Ni la niña de El Exorcista blasfemando en arameo produce más terror, se lo aseguro. Además, pasaba muchas horas en compañía de Beatriz Gimeno y cuando regresaba me preguntaba entre risitas nerviosas si me gustaría que me sodomizaran. De madrugada me despertaba y me la encontraba mirándome fijamente blandiendo un consolador gigante delante de mí.

Un día, estaba yo viendo una serie, que es lo que suelo hacer cuando no estoy tuiteando o chateando con Dina, y ella entró en cólera: “¡Todas las mujeres de esa serie están cosificadas y sexualizadas! ¡Deja de violarlas con tu mirada patriarcal o te convierto en abono pa mi huerto!” Quité el televisor temblando de miedo y le puse el programa de Julia Otero en la radio. Se quedó escuchándola sacudiendo la cabeza lentamente adelante y atrás. Con eso la tranquilicé, pero desde ese momento he vivido sumido en un estado de pánico y desesperación.

La otra noche le preguntaba a los niños qué querían para Navidad y cuando me quise dar cuenta, ella me saltó encima con los ojos inyectados en sangre. “Los juguetes son sexistas -bramó-, la publicidad de los juguetes es puro machismo que perpetúa los estereotipos de género. Los gemelos jugarán con muñecas de Famosa y a la niña le regalaremos un libro de la teoría de cuerdas para que sea presidenta de la NASA”. “Pero si tiene un año”, le objeté. “Típico del machismo —replicó hecha un basilisco—, los hombres siempre dudando de las posibilidades ilimitadas de las mujeres”.

Aquello me dejó helado. Vale que diga todas estas chorradas en el Ministerio, que a fin de cuentas tenemos muchos chiringuitos y expertos en nómina que mantener, pero ¿se lo estaba creyendo de verdad? Cada vez que intentaba razonar con ella me decía que yo solo hacía mansplaining y que antes creería a una mujer esquizofrénica de Alaska que a mí. Que el cielo me asista, ¿qué clase de monstruo había ayudado a crear?

Ayer se esfumó definitivamente la esperanza de que recuperara la cordura. Como sabrá usted, expulsamos a Teresa Rodríguez del Parlamento andaluz estando de baja por maternidad, y fue la propia Irene quien lo justificó. Por fin se daría cuenta de que nuestro feminismo no era más que pose y politiqueo. Que cuando se trata de echar a la que te molesta te pasas la sororidad por el arco del triunfo. Pues nada más lejos de la realidad. Después de marcarse un Leticia Dolera de manual le soltó a Teresa Rodríguez que su adversario común era el machismo. “Combatámoslo juntas”, le dijo sin ruborizarse lo más mínimo.

Escuché al marqués de Galapagar con un espanto creciente, y se cernió sobre mí una sombra amenazante que no había sentido desde que me quedé a solas con Carmen Calvo en el ascensor. El fuego de la chimenea proyectaba siluetas siniestras en las paredes como ánimas bailando “El violador eres tú” mientras el viento aullaba fuera de la casa. Entonces unos pasos me devolvieron a la realidad. Ella se acercaba.

—Buenas noches, Irene —saludé con voz temblorosa.

—Llámela marquesa —me corrigió Pablo—. ¡Y no debe mirarla nunca a los ojos!

Gracias a todos los santos que no le hice caso porque solo así pude adivinar cómo Irene Montero se lanzaba contra nosotros profiriendo alaridos inclusivos, con su vestido de Mango agitado por un viento sobrenatural y el rólex en su muñeca lanzando destellos diabólicos. Yo pude esquivarla pero cayó encima del marqués, que lanzó un grito agónico al notar las garras de su pareja clavarse en el moño, su talón de Aquiles.

—Es tarde para mí —me dijo apenas con un hilo de voz—. Tiene que acabar con esta maldición antes de que se extienda por el mundo.

Y justo cuando pronunció estas palabras, un cuervo negro como el futuro de España cruzó la habitación y dijo: “¡Nunca más!”

No lo pensé dos veces. Encendí en la chimenea el cóctel molotov que los marqueses guardaban de recuerdo de sus años estudiantiles y lo arrojé contra las cortinas. Un fulgor rojo se extendió rápidamente y corrí sin mirar atrás. En el momento en que abrí la puerta, la zarpa de la marquesa me sujetó por el hombro. Me sentí perdido pero entonces, bendito deux ex machina, apareció por la puerta Teresa Rodríguez.

—¿Dónde está tu sororidad, zorra? —gritó la khaleesi andaluza.

—Jo, tía, ¿osas compararte con una trabajadora precaria, tía? Que sigues cobrando toda la pasta de diputada, tía. Esto es superfuerte, tía —le respondió la marquesa de Galapagar.

—Pues que sepas que yo sí tengo un curro al que volver y que la política no me ha cambiado de barrio. —aulló la otra.

No pude escuchar más. Cual charos poseídas por Belén Esteban se lanzaron la una contra la otra diciéndose de todo menos bonita mientras las llamas devoraban el casoplón. Salí horrorizado sin poder salvar a Pablo Iglesias que yacía en el suelo agarrado a una tarjeta SIM. Y, mientras me alejaba, mi alma se estremeció al oír un crujido ensordecedor. A la luz del incendio pude ver cómo se desplomaban los muros y la mansión se hundía en una grieta abierta en el suelo. ¿El infierno reclamando lo que era suyo? Nunca lo sabré pero cuando finalmente la luna venció a las lúgubres nubes e iluminó el páramo, ya nada quedaba de los restos de la casa Galapagar.

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6 comentarios

  1. Estremecedor relato para leer la noche de Halloween. Magnífico, como siempre. Eso sí, creo que la realidad no se aleja mucho de esta ficción. Es ficción, ¿verdad? 😉

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